“La danza de Pnevok y la diosa”, por Fraterno Dracon Saccis

Posted on jun 30, 2014 | 6.140 comments

“La danza de Pnevok y la diosa”, por Fraterno Dracon Saccis

Mika limpió la hoja en la túnica del sacerdote caído y regresó la espada a la vaina. Era el último que quedaba resguardando el altar.

La sangre seguía los surcos que convergían a los pies de la estatua del dios Pnevok. Era la primera vez que entraba a uno de sus templos —y esperaba que fuese la última— por lo que me sorprendió ver que, al contrario de lo hecho en las casas de Holom o Unicatu, el altar no estaba en lo alto, dominando a los fieles, sino que figuraba en lo más profundo de un foso, esculpido al parecer en la misma piedra de cuarzo que conformaba las graderías talladas a su alrededor.

De camino al templo Pnevokita, Mika me relató su anterior experiencia con este culto.

—El templo era mucho más austero. En lugar de una escultura tenían un obelisco de cristal y apenas dos sacerdotes, tan ancianos que parecía que se caían a pedazos con cada movimiento. Estaba a la espera de robar una «Gran Gema Sagrada». No me molesté en regresar a explicarle al mercader que me contrató que no se trataba de ninguna piedra que uno pudiese cargar en un morral.

Decenas, o diría que cientos de ratas se paseaban por las escalinatas como una cascada negra de pelo y garras que rascaban la piedra. El lugar era un horno húmedo que contrastaba con el exterior nevado. Una cueva escasamente iluminada por unas cuantas antorchas colgadas de pilares, que eran meramente ornamentales. No logré acercarme para distinguir los grabados que las adornaban.

La roca bajo nuestros pies se estremeció cuando las líneas rojas que surgían de los sacerdotes llegaron a Pnevok, que hasta hace unos segundos era un trozo de roca esculpida.

Ahora se movía y nos miraba con el ceño fruncido y sus ojos encendidos como brasas.

Con un gesto de sus enormes manos de piedra, los Pnevokitas asesinados por Mika se levantaron entre crujidos y lamentos, para empuñar sus lanzas y apuntarlas a nuestros cuellos. De mi morral logré extraer con cautela un puñado de las benditas semillas de Gelita y las soplé a los pies de nuestros atacantes más próximos. Sus tobillos quedaron adheridos al piso por una capa de hielo suficiente para obstaculizar al resto de los resucitados. Avanzamos espalda con espalda y, al menos yo, estaba aterrado ante aquel espectáculo innatural, con el único deseo de desandar nuestro camino hasta el exterior. Cosa que logramos a medias, ya que al percibir la luz que provenía de fuera, sombras alargadas cayeron sobre nosotros. Los guardias que Mika había eliminado con sigilo también estaban levantados en armas obstruyéndonos el paso. Incluso en su mirada experta se podía ver un asomo de terror.

***

Nos guiaron a punta de lanza hasta la presencia de la estatua viviente de Pnevok, quien ordenó que nos despojaran de nuestras ropas. Algunos de los sacerdotes no disimularon al mirar mi entrepierna despojada de sumiembro. Murmuraron entre risas, como lo haría cualquiera ajeno a las costumbres de nuestra orden. Supongo que ante la falta de solemnidad, Pnevok se irritó y profirió un alarido que nos obligó a todos los presentes a protegernos los oídos.

Entonces fue cuando realmente estuve asustado.

Sus manos se movían dibujando símbolos en el aire, que flotaban y nos rodeaban a Mika y a mí. Pnevok se me acercó y sus gestos se dirigieron a mi parte baja y un escozor se apoderó de la cicatriz que tenía por pene. Sentí la piel tirante, como si la jalasen intentando arrancarla de mi cuerpo. Cuando no logré aguantar más la inquietante sensación que me apresaba, ésta acabó. La estatua retrocedió, satisfecha, mientras continuaba con su danza de caracteres etéreos.

El aire, que ya era caliente, se tornó sofocante. Desde el piso surgían ondas que deformaban la visión, por lo que las figuras que nos rodearon en un círculo se volvieron fantasmales, casi oníricas. Las formas que Pnevok ponía en movimiento de pronto adquirieron sentido, un sentido que aturdía, como darse cuenta de que te están hablando en el idioma que hablabas de pequeño, de que te encuentras frente a la madre que no veías desde la niñez. Y entre toda esa atmósfera alucinógena, aparecieron los ojos de Mika frente a los míos.

Su mirada era aún más intensa que la exhibida en la lucha, las cejas estaban arqueadas y sus labios, en otro momento secos y duros por el rigor de su vida errante, se me presentaban húmedos, acogedores. Su cuello esbelto palpitaba al compás de mi acelerado corazón, mientras gotas de sudor se deslizaban hasta sus pechos, pequeños y de pezones oscuros. Su piel morena era una superficie lustrosa, las cicatrices y tatuajes eran joyas que adornabanlos músculos.

Entre mis piernas ocurrió algo desconocido y aterrador, imposible… divino.

La sangre se agolpaba en un miembro regenerado. Espadas y copas, calderos y escobas, flotaban y se difuminaban, deshaciéndose al tiempo que se mezclaban con el aire viciado. Nuestras bocas se reunieron, las lenguas entrelazadas en una lucha por llegar al corazón. Las piernas de Mika se abrazaron a mi cintura, sus brazos a mi cuello, y el calor de su vulva me recibió con todo el amor del mundo.

No dijimos palabra alguna durante la danza; nuestros cuerpos hablaron contorsionándose, entrelazados en sudor, hambrientos el uno del otro. Mi ser era una espada que bebía del cáliz, cortando la conexión con todo lo demás, la cueva y todos sus ocupantes desaparecieron; la oscuridad y los jadeos eran nuestra única compañía, una marea de pureza como nunca antes conocí.

La verdad de la suciedad del mundo puesta en mi frente, no la podré evadir nunca más.

***

—Un momento, aprendiz Adnuk— interrumpió el Chambelán Inikurus, presidente de la Sagrada Audiencia—. ¿Está usted diciendo que en una ceremonia pagana, de un culto menor, mágicamente le creció el… miembro?— El resto de los oyentes prorrumpió en carcajadas. Inikurus esperó a que amainaran para proseguir.

»Nos trae como prisionera a la que fuera una mercenaria contratada por la Sagrada Audiencia —señaló a Mika, que figuraba engrillada y custodiada por guardias—, para escoltarlo en su periplo penitente, del cual además ha regresado mucho antes de lo sentenciado, con una sarta de mentiras y fantasías…

—Estoy diciendo, Eminencia, que esta mal denominada «Sagrada» Audiencia es una afrenta contra todo lo natural…

—¡Guarde silencio de inmediato, aprendiz Adnuk!

—… Y contra la obra de Pnevok, Herrero y Sembrador…

—¡Silencio!

—… Cuyo poder no radica en los trucos que esta orden practica, simples engaños utilitarios de alquimistas mercaderes. Pnevok es Magia, creación y comunión.

—¡Guardias! ¡Apresen a este blasfemo!

Adnuk no ofreció resistencia. Solo agregó:

—Tampoco dije que Mika fuera mi prisionera.

»Estaba encadenada para contenerla.

Mika pasó la cadena que pretendía inmovilizar sus brazos por el cuello del único guardia que quedó vigilándola. La cabeza se inclinó inerte con un crujido. Los guardias dejaron de lado a Adnuk para tratar de reducir a Mika, pero esta ya estaba armada con el sable del guardia muerto. Los grilletes de sus tobillos y muñecas saltaron ante un balanceo de las manos de Adnuk, que prosiguió estirándose y contrayéndose en una danza que estremeció el gran salón. Los guardias nada pudieron hacer contra los cortes certeros de la hoja de la guerrera. Los miembros de la Sagrada Audiencia pronto se pusieron en pie, pero Mika se interpuso entre ellos y la salida.

—La negación de la vida se acaba. El servicio de Pnevok a la diosa no ha hecho más que comenzar. Una nueva era nos recibe —los ancianos dejaron de luchar al verse rodeados por un círculo de llamas— … Y ustedes son el símbolo de lo pasado, de la noche nublada, del claustro del espíritu.

El fuego bañó a la Sagrada Audiencia. Sus alaridos duraron muy poco, ya que la fuerza de las llamas era tal que los cuerpos se retorcieron rápidamente hasta encogerse en ovillos, como fósiles de un nonato. El suelo del salón se hundió formando una depresión, desde cuya parte más baja y central surgió un obelisco de cristal cuyo canto reverberó a través de las murallas de piedra.

Mika y Adnuk se tomaron de la mano para presenciar la danza de Pnevok y la diosa.

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