“Espada y Hechicería: La Fantasía de los que sobran”, por F. A. Real H.

Posted on jun 27, 2014 | 2.053 comments

“Espada y Hechicería: La Fantasía de los que sobran”, por F. A. Real H.

Únanse al baile de los que sobran

nadie nos va a echar de más

nadie nos quiso ayudar de verdad

—”El baile de los que sobran”, Los Prisioneros

Introducción

La palabra «Fantasía» parece invocar invariablemente en la mente de quien la escucha una visión de un mundo más prístino y puro que el nuestro, uno que no está mancillado por la caída en desgracia de los antiguos valores, esos mismos que hacen que algunos se sientan en posición de decir que Tolkien era un capitalista, o que el único objetivo de Lewis era adoctrinar las mentes de los niños para convertirlos al catolicismo.

Aunque es obvio que ambas posturas son irrisoriamente falsas, hay un grano de verdad en estas lecturas; de alguna manera, la Fantasía parece ser sólo un lugar de cosas buenas, de consuelos y de palmaditas en la espalda. Incluso si las historias mismas contienen grandes travesías y sufrimientos indecibles, hay una idea subyacente, una cierta moralidad implícita, que premia la bondad y castiga el egoísmo y la avaricia.

No así en la Espada y Hechicería.

Al hablar de Espada y Hechicería (EyH), un término que se usa como sinónimo es «Fantasía heroica». Y aunque en el fondo no está mal empleado —las historias de EyH están protagonizadas por «héroes», en el sentido más griego de la palabra (tal y como Gerardo lo discutió aquí)— la verdad es que el adjetivo «heroico» lleva a confusión puesto que implica, por otra parte, la noción de heroísmo. Una que, convengamos, evoca inmediatamente bomberos sacando niños de edificios en llamas, mujeres levantando autos para sacar a sus hijos atrapados y guardaespaldas volando en el aire para recibir una bala dirigida a un político o estrella de cine.

No es precisamente lo más cercano a la EyH, ¿no?

Conan y sus camaradas de armas —Kull, Corum, Fafhrd, Jirel y Kane, sólo por mencionar a los más distinguidos entre tal selecta ralea— pueden diferenciarse en muchos aspectos, pero comparten uno (al menos) que los une: su evidente amoralidad. Aquí no estamos hablando de gente «mala» —al menos no según los estándares convencionales— pero tampoco estamos hablando de mártires de grandes ideales ni hombres o mujeres que estén dispuestos a salirse de su camino para ayudar a otros.

Aquí no hay buenos samaritanos.

Y, sin embargo, como lectores no los condenamos ni los «juntamos» con los villanos de las historias. Por el contrario: los enaltecemos, admiramos y glorificamos, al punto de sentirnos un poco menos que ellos. Porque, seamos sinceros, ¿a quién no le gustaría ser como Conan o cualquier otro de la lista de arriba? Los héroes de la Espada y Hechicería son todos superhombres (y supermujeres), übermensch capaces de luchar contra los horrores indescriptibles invocados por una hechicería realmente maléfica cuyo costo se mide en almas o, en el mejor de los casos, en la sangre de los inocentes.

Y estos hombres y mujeres, apenas armados y raramente poseedores de alguna ayuda sobrenatural, no sólo se enfrentan a estos seres; los derrotan. Siendo así, ¿quién dudaría que habrían de convertirse en reyes y emperadores entre los hombres? Y, sin embargo, la mayor parte de sus vidas las pasan vagando de un lado a otro, siendo ignorados y vilipendiados, sobreviviendo en los márgenes de la sociedad civilizada. ¿Cómo es posible que tal cosa no sólo suceda, sino que sea la tónica de estas historias?

La respuesta, en mi opinión, yace en que todos son parte de la versión fantástica del «baile de que los que sobran».

Parias, renegados y exiliados

La Fantasía clásica y/o tradicional (por no llamarle Tolkieniana) se desarrolla casi siempre en torno a las grandes historias. Siguiendo el modelo de la épica clásica —de la que toma su mote más distintivo— este tipo de narrativa nos habla, por lo general, de reyes y señores oscuros, de grandes magos y poderosas brujas, todos enfrentados en la pugna por la dominación mundial. Los héroes de estas historias, a pesar de ser usualmente de origen humilde, son elevados en estatus a través de sus hazañas al punto de poder sentarse sin problemas en las mesas de los poderosos.

Algo a lo que ninguno de los protagonistas de la EyH ni siquiera aspira.

Nuevamente, Conan se convierte en rey de Aquilonia (y cada uno de los otros conquista algún tipo de reconocimiento, si es que no nació con él) pero, a pesar de ello, siempre se sienten fuera de lugar entre los poderosos. Hay algo que nosotros como lectores logramos captar y que hasta ellos son capaces de percibir. Algo que, en palabras simples, podría resumirse en aquel viejo refrán de «aunque la mona se vista de seda, mona se queda».

Ninguno de ellos realmente pertenece a esa mesa… ni a ninguna otra, lamentablemente.

Todos ellos son fuertes, astutos y resistentes no porque la vida se las puso fácil; todos, sin excepción, han tenido que luchar con uñas y dientes cada día de sus miserables existencias sólo para poder conservar el pellejo y eso, aunque no lo quieran, ha dejado una marca en ellos. Algunos autores la homologan con la barbarie, con el primitivo instinto de supervivencia que en ellos ha florecido hasta convertirse en parte de su manera de ser, mientras otros se decantan por lanzar a estos personajes desde temprana edad a contemplar los horrores más allá de lo que los hombres conocemos para endurecerlos al punto de parecer invulnerables ante los vaivenes del mundo. Por supuesto que sin importar el cómo, el resultado sigue siendo el mismo: los protagonistas de la EyH son parias por naturaleza, marginados de la peor (¿mejor?) clase, cuya única valía reside en los límites a los que son capaces de llegar con tal de sobrevivir.

Es por ello que no es extraño verlos solos, casi siempre teniendo que conformarse con la compañía sincera de un confiable compañero de viaje pero siendo, en general, encarnaciones del estereotipo del lobo solitario. De hecho, casi todas sus relaciones se basan en el miedo y/o respeto que infunden debido a su fiereza: las mujeres (y los hombres) los aman por ello, sus oponentes los respetan y aquellos que sólo han oído historias acerca de sus proezas prefieren alejarse antes que convertirse en la siguiente víctima del filo de sus espadas.

Espadas que, por cierto, no tienen respeto por nada ni por nadie.

Sin dios ni ley

Estos mismos hombres y mujeres, acostumbrados a las penurias y dificultades de sobrevivir en los márgenes menos apacibles de la sociedad, deben enfrentarse a un enemigo que va, literalmente, más allá de todo lo que han conocido. Este oponente suele ser a) un hombre y/o mujer que vendió su alma a un poder sobrenatural o bien, b) una encarnación/manifestación física de ese mismo poder sobrenatural, lo que los obliga a medir sus fuerzas —ya templadas por sus difíciles vidas— en una batalla literal por poder ver el siguiente amanecer.

Sin embargo, hay algo aún más importante en este enfrentamiento contra lo sobrenatural. Porque si creciste en un mundo difícil y despiadado, en que nada se te regaló, y tu primera aproximación a la «divinidad» es un lunático sediento de sangre y poder, ¿qué opinión pueden merecerte el/los dios(es)? Definitivamente una no muy buena. Es decir: no puedes creer en el orden natural del mundo porque, si creyeras en él, habrías muerto hace mucho. Y tampoco puedes creer en ningún poder superior porque lo único que has visto de superior en él o sus manifestaciones es todavía más muerte y locura de la que ya habías visto a través de tu vida.

Y después preguntan porque los héroes de la EyH son ateos y amorales, «bárbaros» que desprecian cualquier clase de blandura, sea de carácter físico, emocional o espiritual. ¿Es que acaso tuvieron alguna otra posibilidad? Haber sido débiles en cualquiera de esas dimensiones habría significado una sola cosa: la muerte.

Y ellos aman la vida, más que a ninguna otra cosa.

Vivir para el ahora, olvidando el ayer y sin siquiera pensar en el futuro

Los llaman cortos de vista y poco previsores, gozadores y buscadores de places que abandonan la búsqueda de la estabilidad por una jarra de vino y una mujer de amor fácil pero efímero pero, nuevamente, ¿alguien podría culparlos por ello? Estos «héroes que sobran» no desprecian al mundo y su (falso) sentido de seguridad —alias, «civilización»— porque quieran; la vida es la que les han enseñado otra cosa.

De hecho, las historias que leemos de ellos suelen coincidir en este sentido de desarraigo de todo y de todos; no por nada la primera escena en que conocemos a Conan lo vemos bebiendo para olvidar Cimmeria, esa «tierra de oscuridad y noche» de la que escapó y a la que nunca volverá. El resto de sus camaradas de armas tienen pasados tanto o más terribles los que podrían resumirse en un estado: sin hogar.

¿Y el futuro? ¡Pero qué futuro puede ofrecerte un mundo y una vida que te lo han quitado todo! Exacto: ninguno. Las riquezas de hoy serán la fuente de sufrimiento del mañana y los apasionados amores que esta noche ardieron como un calor digno de un volcán serán, a la mañana siguiente, cenizas en la boca de estos héroes que a pesar de todo su poder y astucia no pueden cambiar su destino. Uno que, convengamos, no tiene nada de auspicio. Porque, al final del camino, Conan y sus camaradas tienen un solo final posible: sosteniendo una espada en alto mientras se enfrentan a su condena final, a perder una batalla pero, lamentablemente, la única que no pueden perder.

Su condena es la de morir, siendo que lo único que han deseado siempre es vivir. Un día más. Una noche. Una hora. O lo que sean capaces de comprar con su acero afilado en las mismas fauces del infierno que ha sido su existencia.

Conclusiones

Como en cualquier materia de tipo «literario», la verdad es que no existen verdades irrefutables ni grandes descubrimientos con hacer. Con suerte, uno puede sentirse en la tranquilidad de haber hecho lo posible por iluminar y aclarar un punto que uno considera importante, tanto como para gastar el tiempo en escribir acerca de él y arriesgarse a gastar el tiempo de los lectores.

En este sentido, me parece que la «evidencia» presentada por las historias que clasificamos bajo la etiqueta de Espada y Hechicería es una que va, más o menos, por los siguientes derroteros:

  1. Los protagonistas de la EyH son héroes, aunque su heroísmo se aleja muchísimo de nuestra noción actual del término y está más bien emparentada con su significado para el mundo griego que otro que conozca.
  2. Estos «héroes» de dudosas moralidades y acero dispuesto son los mejores hombres y mujeres posibles dentro del contexto de mundos brutales sin dioses en los que refugiarse del dolor provocado por una existencia caótica y brutal. Ellos son personajes existencialistas porque el mundo en el que viven es así.
  3. La forma de vida de los héroes de la EyH es una de celebración de la vida y sus placeres, por breves o efímeros que sean, como un desafío y una reafirmación que sus existencias pueden no tener sentido, pero al menos las disfrutarán hasta que algo se las quite de sus manos muertas.

Más allá de eso, todo es oscuridad e incertidumbre. Muy apropiado para la temática, ¿no?

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