“El suave susurro de tu mortaja” (I), por José Martín Bartolomé

Posted on jun 18, 2014 | 3.037 comments

“El suave susurro de tu mortaja” (I), por José Martín Bartolomé

Tal vez penséis que trabajar de guarda de seguridad es un buen negocio. La gente lo piensa, ya sabes. Estás tranquilamente sentado en tu garita, dando una vuelta de vez en cuando por la fábrica, el museo o la nave que te haya tocado en suerte, y a poner el cazo. A cobrar.

Bueno, yo también lo creí en un momento dado de mi vida. Por eso me metí a segurata. Por eso y por lo de llevar pistola, algo que siempre gusta, ¿no?

Pero probad a ser guardas en mi último destino. Probad suerte.

Tenía veintitrés cuando entré en esto. No fue muy difícil, la verdad. Nunca se me ha dado bien estudiar, pero no porque fuese tonto, sino porque lo que enseñan en las escuelas no me interesaba. Empecé a trabajar en verano para ayudar en casa, porque mi madre estaba paralítica de cintura para abajo y mi padre, de cerebro para arriba. Sí, el tío era incapaz de durar más de un año en un trabajo. Cuando mi madre quedó paralítica (por culpa de un accidente de coche que ella provocó al saltarse un semáforo) tuvimos que mudarnos a una de esas casas adaptadas, con puertas anchas, servicios que ella pudiese utilizar y todo eso. Precioso, os lo digo yo.

Por supuesto que el estado proporciona ayudas, pero son tan insuficientes como las bajadas de impuestos, las ayudas a la vivienda de los jóvenes y las demás mierdas que nos venden envueltas en papel de regalo durante las campañas electorales. ¿Os habéis fijado que las invasiones militares también se llaman campañas? Por algo será, digo yo.

Bueno, me voy por las ramas.

El caso es que mi primer trabajo fue como aprendiz a media jornada en una fábrica de muebles. Después de eso, cuando debería empezar el segundo curso de instituto (ahora no sé cuál es el equivalente, con lo de la ESO y tal), empecé a currar a jornada completa en la cantera. Vaya, amigo, eso sí es trabajar.

A las tres semanas había perdido cinco kilos, y al mes había perdido la paciencia por completo.

Salí de allí antes de que los pulmones se me llenasen de polvo y con cinco centímetros más de contorno de pecho y tres más en cada bíceps. Pero no fue sólo por lo duro del trabajo, sino porque allí tuve… bueno, allí escuché por primera vez el suave susurro de mi mortaja.

Era verano. Agosto, creo. La mayor parte de la gente estaba de vacaciones, y tres de nosotros trabajábamos a destajo para acabar un pedido importante. El verano es buena época para las canteras, decía un compañero mío, un viejo que fumaba Partagas tras arrancarles el filtro. Mateo, se llamaba.

—El verano es bueno para las canteras —decía—, porque un montón de gente se mata en los coches.

—Todo el año se mata gente— respondía Julián, mi otro compañero.

—Y todo el mundo caga por el culo —decía Mateo—, pero si comes mucho cagas más que cuando no comes.

El tema es que allí estábamos nosotros, cortando lápidas y las piezas laterales que se usan para forrar las tumbas, no me acuerdo cómo las llamaban. Después las montábamos sobre un palet, las flejábamos con flejes de metal y las subíamos al camión.

En una de las ocasiones en que subí al remolque para guiar a Julián, que manejaba el torito que usábamos como grúa, las eslingas se partieron y doscientos y pico kilos de piedra cayeron de golpe sobre mí. Salté por puro reflejo, y caí fuera del remolque esquivando las piedras por los pelos. Recuerdo la hostia en la cabeza, y luego un velo negro que lo tapó todo.

Sé que poca gente cree en esto cuando lo cuento, pero vi ese túnel que dicen, ese túnel oscuro con una luz al fondo. Lo que pasa es que la gente dice que sus seres queridos están allí, esperando, y que le dicen cosas como que no es el momento, que debe quedarse, y le devuelven a la vida.

Pero yo no vi eso. Sólo había una persona allí, y no era un ser luminoso, ni había una luz blanca al fondo. La luz era de un naranja tenue, como esas de las luces de emergencia en los hospitales, y llenaba el túnel de sombras amenazantes y móviles. Sombras que podían ocultar cosas. Cosas oscuras que se arrastran, cosas que zumban con suavidad, como si respirasen rápido y quedo, ansiosas pero tratando de que no se les note.

Y la figura era una sombra oscura que no tenía forma. La veías pero no la veías, porque no tenía ninguna forma. Era como ver algo a través de un cristal translúcido, algo que casi sabes qué o quién es pero no te atreves a asegurarlo. Y esa cosa que no era cosa tiraba de mí, trataba de hacerme llegar a la luz naranja, y supe que si llegaba a esa luz se acabó lo que se daba. Se acabó cortar piedra bajo el sol, beber cerveza con mi viejo en la terraza de casa o ver reír a la vieja cuando empujaba su silla a toda leche por el carril bici. Se acabó la cordura. Se acabó lo que se daba.

Así que me resistí, me eché atrás con todas mis fuerzas, y de alguna forma pude escapar y volver a mi cuerpo, perseguido por aquel susurro quedo y suave, como el roce de unas uñas largas sobre una sábana tensa.

No recuerdo demasiado bien el resto de aquel día, excepto que Julián no hacía más que pedirme perdón, como si él hubiese cortado personalmente las eslingas con la navaja del almuerzo. No trabajé más, y ellos sólo recogieron lo que pudieron de la piedra rota y echaron un ojo a los amortiguadores del camión. No sé si estaban bien o mal. Luego, Mateo me llevó a casa en su viejo R-12 amarillo y por el camino paramos en un bar que él frecuentaba, y allí me invitó a un café. Luego me preguntó si había visto algo mientras estaba desmayado. Al principio estuve tentado de decirle que no sabía de qué me hablaba, pero algo en sus ojos húmedos y en el temblor de su mano al encenderse el Partagas me hizo pensármelo dos veces. Así que se lo conté, y cuando le dije que lo que más me había impresionado era el extraño sonido, dijo algo que se me quedó grabado para siempre:

—Es el suave susurro de tu mortaja.

—¿Qué dices, tío?

Dio una calada profunda, y después otra, dejando escapar el humo de la anterior por la nariz mientras aspiraba más, como si fuese un circuito de aire acondicionado. Joder, siempre me ha gustado ese truco. Tardé mucho en aprender a hacerlo.

—Mi abuelo lo vio, de joven, como tú. Vio a la cosa de sombra, el túnel y la luz sucia.

—¿De qué me estás hablando, Mateo? Mira, el día ya ha sido bastante jodido como para…

—También oyó el susurro. Es el susurro de la cosa de sombra, mientras avanza. Es como si fuese vestido de seda, frotándose con las paredes…

A esas alturas, yo ya estaba por preguntar al camarero si habían puesto coca en los sobrecitos de azúcar. Nunca había visto así a Mateo, con la mirada fija y echando humo como un tren de los viejos, y nunca le oí hablar tanto y tan seguido, ya de paso. Pensé que alguna chaveta se había soltado en su viejo cerebro, y no creo que nadie pueda culparme de ello.

—Mi abuelo dijo que esa cosa venía a por él, y que por eso se le oía avanzar. Y el susurro es el de la mortaja del que la oye. La va preparando —me miró a los ojos—… Para ti. Si te alcanza, te envuelve en ella y se te lleva. Más allá de la luz blanca del túnel, a donde la luz sucia…

»Y a lo que hay allí.

Me levanté de un salto y salí del bar. No quería oír más estupideces. No quería saber más de aquel cuento de miedo que el viejo se estaba inventando para acojonarme. Pero me alcanzó a la puerta del bar, me agarró por el brazo con sus manos, fortalecidas por años de trabajo, y me obligó a mirarle. Esperaba ver los ojos de un bromista o de un loco, pero eran tan racionales, tranquilos y limpios como siempre.

—Fue a por mi abuelo, vete a saber por qué. Y luego a por mi padre, porque mi abuelo se lo contó, y esa cosa de sombras no quiere que nadie sepa que está ahí, esperando y susurrando en lo oscuro. Ahora va a por ti.

Me solté de golpe y salí corriendo. No paré hasta llegar a casa, y una vez allí me metí en mi habitación, me envolví en las sábanas y lloré como un crío pequeño. No me da vergüenza decirlo, porque había tenido un día jodido, una montaña de piedras estuvo a punto de matarme y un viejo cabrón me metió el susto en el cuerpo.

Sé que es fácil no creérselo, mientras lees esto sentado en tu habitación. A lo mejor los papeles susurran entre tus manos, o el ratón mientras se desliza por la alfombrilla emite ese tenue, casi inaudible chsss, chsss. Pero no le das importancia porque es un sonido normal, porque tú no has visto.

Ver llega después.

Al final, ves.

Dejé el trabajo en la cantera al día siguiente y pasé un par de meses en paro. Mis viejos se enfadaron bastante, claro, pero ellos no habían visto venirse encima todas esas lápidas ni tenían que aguantar a Mateo. A la semana de aquello pasé por la cantera para cobrar la liquidación. Como yo era joven, el recuerdo de lo ocurrido era ya borroso y se había suavizado, así que decidí hablar con Mateo y aclarar las cosas: hablé con el capataz y le pregunté por el viejo.

—¿Mateo? —se puso muy serio—. Creí que te habrías enterado, chico.

—¿Enterado de qué? —pregunté, sintiendo un extraño escalofrío anticipatorio.

—Murió hace tres días. El pobre hombre… —sacudió la cabeza, como diciendo «era buen tío».

¿Os habéis fijado en que todos somos la mejor persona del mundo en las horas siguientes a nuestra muerte, muy buenos tíos más o menos en la primera semana y simplemente estupendos los siguientes dos meses? Así es la cosa. Y después, sólo un recuerdo. Ya nadie oye el susurro de nuestra mortaja y sólo queda una figura borrosa, una voz que no conseguimos afianzar, aunque a veces la escuchamos en sueños, y alguna anécdota simpática. Las malas se olvidan, como se olvida a la persona real. En la muerte, todos somos buenos tíos. Joder.

—¿Qué le pasó? ¿Un infarto? ¿Accidente?

Sacudió de nuevo la cabeza.

—Le encontraron en casa, asfixiado. Parece que estaba pedo al acostarse. Se enredó en las sábanas y se ahogó en ellas. Tenía la cama revuelta, y estaba medio caído. Dice el médico que se ahorcó al intentar —gesticuló con las manos, como tratando de quitarse de una red que le rodease—… Al intentar quitarse la sabana de la cara.

Me fui de allí con ganas de vomitar y de llorar, todo a la vez. Quería correr, pero las piernas me temblaban demasiado. Mateo había muerto, envuelto en el susurro de su propia mortaja, por casualidad, o porque la cosa entre las sombras no quería que nadie supiese de ella, y él sabía.

No puedo dejar de preguntarme cómo sonaron las sábanas de Mateo mientras lo estrangulaban. Chsss, chsss tal vez, muy despacio al principio, con él dormido entre sus pliegues, más rápido después, cuando se dio cuenta de que se ahogaba y aún medio dormido empezó a moverse y forcejear para librarse. Chsss, chsss, te tengo, chsss, chsss, y entonces, ¿vio la luz al final del túnel? ¿Era blanca o naranja?

Yo creo que la vio, porque al final… al final lo ves.

Para cuando empecé mi trabajo de segurata había pasado un ciclo largo: tuve otros tres trabajos, hice un par de cursillos de informática (que no me sirvieron de mucho) y cogí afición por la lectura. Ya sé que no escribo muy bien para alguien que lee, pero es que la gente no habla como escriben los novelistas. Alguien dijo que la mayoría de críticos literarios son escritores fracasados, lo que también es aplicable a la mayoría de los escritores. ¡Ja, ja, ja! Lo que digo es que la mayoría de la gente que escribe «por afición, no quiero publicar, me da igual, es que me sale…» son unos pedantes capullos convencidos de que si no han ganado el Pulitzer es porque el mundo les odia, o porque son demasiado buenos. A mí sí me da igual, seguro que no vuelvo a escribir nada. Sólo quería contar esto, y no voy a hacerlo con el lenguaje de Antonio Gala. Después de todo, nadie excepto un pedante capullo habla de «anacronismo» pudiendo decir «chorrada», o de «consuetudinario» habiendo palabras como «normal» o «acostumbrado».

Otra vez me voy por las ramas, como las ardillas. A lo mejor es que después de todo no quiero contar mi historia, no sé. Seguramente sea eso. El tema es que mi afición a leer me sirvió, creo yo, para trabajar. Lo digo porque la oferta para guarda de seguridad la encontré en un cartel en el tablón de anuncios de la biblioteca. Llamé al teléfono, hice una entrevista y después un cursillo bastante sencillo. Me dieron el trabajo, el uniforme, las botas altas y todo eso. Mi primer destino fue en una fábrica de coches. Como trabajaban todo el día en tres turnos, nunca estabas solo. Controlabas la entrada de personal, te dabas una vuelta por dentro y por fuera cada hora o así, y de vez en cuando registrabas las taquillas. Puede parecer muy fuerte, pero una vez pillamos a un tío llevándose un carburador entero.

Allí conocí a mi segunda novia. Me duró tres años. El trabajo; la novia me duró algo menos de tres meses. Tuve otro par de destinos similares y algunas novias también similares, y durante todo ese tiempo fui olvidando a Mateo y a su abuelo. Lo que no pude olvidar fue el susurro. Cada vez que mi vieja planchaba la ropa, cada vez que una chica acariciaba mi espalda o se cruzaba de piernas, lo oía y recordaba a la cosa en la sombra. Pero lo peor… bueno, lo peor no era eso.

Seguro que lo has oído un millón de veces, cuando has estado solo en tu habitación y la oscuridad de la noche te ha envuelto. A veces la oscuridad deja de ser una amiga y una compañera de sueño, y a veces se puebla de susurros. Uno piensa que son las tuberías de la calefacción, o la madera del parquet asentándose. A veces, los muebles viejos susurran, como si se contasen historias de cuando eran árboles felices en un bosque lejano, antes de que les cortasen en pedazos. Y a veces los susurros no tienen explicación, tal vez porque no la encontramos o tal vez porque provienen de algo oculto bajo la cama, en ese hueco donde sólo deben estar tus zapatillas. O quizás, quizás estén tras el sofá en que te sientas, entre la pared y el respaldo. A lo mejor ese ruido no es de la estática en la radio de tu vecino. ¿Lo oyes ahora? ¿O tal vez es aún demasiado tenue?

Sí, aún no es el momento de que lo veas.

Al final.

Ya tenía experiencia suficiente para adquirir la licencia de armas, y superé el test psicotécnico sin problemas. Así que me mandaron a un destino de más responsabilidad. Más chungo, quiere decir. El año pasado inauguraron un nuevo «centro forense» en mi ciudad. Era un depósito de cadáveres gigantesco y muy moderno, con puertas dotadas de sensores y tarjetas magnéticas para abrirse, una gran cámara frigorífica donde cabían cincuenta cuerpos y no sé cuántos adelantos. Allí iban a parar los muertos desconocidos, los asesinados o muertos en cualquier circunstancia sospechosa o accidente, y cualquiera que necesitase una autopsia, así que había muchas pruebas policiales, claro. Y alguien debe vigilar eso. Para eso estaba yo. Al principio no me impuso demasiado: yo entraba a las diez de la noche, cuando se iban los forenses muy trabajadores y los de mantenimiento y limpieza, y salía a las ocho de la mañana, cuando regresaban.

El resto del tiempo estaba solo allí; solo con los muertos y los susurros.

Ya te digo, lo llevaba bien hasta la noche del apagón.

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