Ciclo La Canción de Amergin – Episodio 3: “Yo Soy”, por Rodrigo Vásquez S.

Posted on feb 17, 2012 | 2.574 comments

«Yo soy Amergin, El Más Grande».

De alguna manera, al ponerse de pie aquel día junto al río, había descubierto algo. Más que descubierto, finalmente había recordado. Ahora, mientras caminaba, sabía que aquél había sido el momento más importante de su “nueva” vida.

«Yo soy…»

La voluntad, la elección… la decisión. Cuando se puso de pie, era más fácil. A medida que la niebla se disolvía a su alrededor y el sol naciente iluminaba su rostro, su nombre le trajo respuestas a preguntas que se había hecho silenciosamente durante su mes de camino. No era nadie, pero por ello, podría ser todo. Era Amergin.

«Yo…»

Pero lo primero era escoger: escoger y rearmar. Reconstruir a partir de los pequeños pedazos del rompecabezas que le habían llegado desde la vida de ese otro Amergin, aquél jovenzuelo de rostro orgulloso que se hacía llamar “El Más Grande”. Al levantarse ese día junto al río, luego de reconocer su propio rostro en el agua, supo hacia dónde dirigirse.

«Soy…»

—Has regresado —dijo el viejo—… Pensé que estarías ya muy lejos. ¿Amergin…?

—Sí… Mi nombre es Amergin —respira profundo y se yergue en el umbral. Nunca se había sentido tan alto como ahora, que sabe quién es—. Tienes razón, estaba muy lejos. Incluso cuando estuve aquí la última vez estaba muy lejos.

—Pasa entonces, Amergin —el viejo campesino abre la puerta—: ¿Compartirás mi comida una vez más? La última vez me contaste una historia ¿Traes otra esta noche?

—Te contaré todas las que pueda. Trabajaré para ti en el campo si quieres. Limpiaré tu casa y atenderé a tus animales. Pero necesito de ti algo más que comida y techo.

El hombre le mira desconfiado durante un segundo. Pero la firme mirada de Amergin finalmente le hace sonreír: ya no es el hombre roto y taciturno que era la última vez que le vio. Le recuerda de alguna manera a él mismo, cuando aún era joven y tenía hambre de algo más que comida.

—¿Qué quieres de mí?

—Enséñame a trabajar la madera. Enséñame a reparar mi arpa.

***

Fueron seis meses de largo trabajo. Levantarse al salir el sol y trabajar en el campo. Comer a mediodía, para dedicar la tarde a oler la madera, endurecer las manos y antebrazos con el formón y la hachuela. Llenarse de los sabores del bosque, sudar, trabajar… aprender. Día tras día durante muchos días, hasta pensar que la vida era esto y nada más. Avanzaba rápido, como si cada veta de madera que recorría con la vista y los dedos fuese un sendero que ya había recorrido antes. Hasta que un día estuvo listo. Era el solsticio de verano.

—Mañana reparemos el arpa —dijo Amergin alzando la vista de su plato de estofado.

—¿Reparemos? Me has pedido que te enseñe a trabajar la madera y eso hemos hecho —respondió el viejo—: conoces los árboles y sus vetas, sabes usar el hierro, el agua y el fuego. Pero yo no soy un artesano, sino tan solo un labriego. El arpa debes repararla tú mismo.

El viejo vuelve a sorber la sopa en silencio, mientras parte un trozo de pan. Amergin se pierde en la luz de la vela. De pronto el blanco comienza a invadir una vez más su vista. Ve una cabaña entre la nieve. Sangre. Fuego. Cierra los ojos y sacude la cabeza. Le pasa demasiado a menudo que se pierde entre las llamas o las brasas, como quien se distrae mirando una ventana. Sus ojos vuelven a los del viejo.

—Está bien. Creo que puedo hacerlo. Quierohacerlo. —De alguna forma su nombre le ha concedido un poder que no sabía poseer: su voluntad. La tarde siguiente se puso manos a la obra.

En principio intentó juntar los trozos rotos del arpa. Primero probó con resina de abedul, pero al golpear la caja esta sonaba mal, evidenciando junturas imperfectas. Raspó cuidadosamente la madera, tallo pivotes y nichos para aumentar la presión. Más tarde los rellenó con cera y resina de pino para después calentar las uniones, pero tras varios días sólo consiguió deformar la madera y el sonido seguía siendo el mismo. Como el de un hacha suelta en el mango.

«Nada…»

El fantasma de la palabra rondaba su mente en cada intento fallido, hasta que un día sucedió algo. Mientras segaba espigas de trigo, encontró entre las ramas la piel vieja y vacía de una serpiente. Entonces todo estuvo claro.

Se adentró en el bosque una mañana fría: sabía lo que debía hacer. Sabía que tenía que enfrentar las visiones de las que huía al mirar las brasas del fogón cada noche. Tenía que oír una vez más las voces del mundo. Caminó hasta que comenzó a sentir lo que podían ser leves brisas rozando su cara. Algo menos que el viento, pero algo más que su imaginación. Respiró profundo una y otra vez, llenándose del mundo a su alrededor, hasta que comenzó a sentir nuevamente aquel dolor suave en el centro de su frente.

Y los susurros volvieron.

«Am dé delbas do chind codnu…» Soy el Dios que pone en tu mente el fuego…

Los latidos de su corazón se aceleraron, mientras los límites de la luz se ampliaban. Cada rayo de sol parecía difuminarse, derramarse, como agua rebalsando un cazo, hasta que con una exhalación, el mundo se volvió blanco una vez más. Sintió sus pies avanzar, sintió sus ojos inundados en fuego y luna mirar el bosque a su alrededor, y ver cosas que no podría haber visto antes. Líneas de luz azul bajo sus plantas, llevándole a un lugar desconocido.

Cuando el sol caía, el viejo le encontró. Babeaba, con los ojos cerrados. Musitaba palabras en una lengua desconocida, abrazado al tronco muerto de un árbol partido por un rayo.

—Amergin… ¡Amergin! —oyó una voz a través de la niebla; cada palabra era un cincel abriendo vetas en el blanco, hasta que los contornos del mundo se volvieron sólidos una vez más.

El viejo le ayudó a transportar un trozo adecuado del árbol muerto. Esa misma noche puso el tronco sobre la mesa y comenzó a trabajar de nuevo. La hachuela discurría suave sobre la madera, el golpeteo rítmico del martillo producía pequeñas lagunas en su conciencia… desconexiones momentáneas: trances ínfimos, que lentamente se volvieron permanentes. Eran estos momentos en que las voces se hacían fuertes una vez más, como si el tintineo del metal contra el metal contuviese palabras. Palabras y más palabras, en el chirrido de la madera, en la viruta cayendo sobre el piso de tierra de la casa. Todos los sonidos de su obra le hablaban.

«Cia on co tagair aesa éscai…» El que conoce la edad de la luna…

Al tercer día, el viejo dejó de intentar hablarle. Al quinto día dejó de llevarle comida, que Amergin dejaba enfriarse en el plato. El viejo le lavaba a veces las manos sangrantes, pero sólo para encontrárselas sangrando una vez más cuando regresaba a casa cada noche.

«Cia du i l-laig fuiniud gréne…» El que sabe donde descansa el sol poniente…

Cuando terminó su obra habían pasado siete días. No había comido; ni siquiera se había enterado de que siete días habían pasado. Los contornos del mundo volvieron a hacerse sólidos. Las voces se silenciaron, aunque seguían allí, en un rincón de su mente, en una esquina de su oído interno.

Y ante él se hallaba un arpa nueva. El fogón de esa noche fue alimentado con los trozos de su antiguo instrumento.

«Am dér gréne…» Soy la lágrima del sol…

—¿Le tallarás algo? —preguntó el viejo antes de irse a dormir—: tu arpa antigua tenía figuras grabadas que parecían importantes.

Esa noche soñó una vez más con la virgen morena. La mujer surgía de entre la niebla, trayendo una luz en su mano derecha. Serpientes se enroscaban brillantes en sus antebrazos. Cuando la besó, ella le entregó la luz, que él devoró, ansioso. Al abrir los ojos, se puso de pie y tomó una gubia. La calentó al fuego hasta que se puso al rojo vivo, para grabar en el mástil solamente dos palabras, en el alfabeto que sabía que era el de su propio idioma.

«Yo Soy».

Mientras el humo aromático ascendía hacia el techo de la casa, supo que era hora de partir.

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