(III) Sigfrid Halrush, por Gerardo Sanhueza

Posted on sep 10, 2012 | 4.745 comments

(III) Sigfrid Halrush, por Gerardo Sanhueza

A la luz de tres gruesos velones, Sigfrid Halrush ojeaba páginas al azar entre el centenar de textos viejos, mal conservados, llenos de polvo y mordidas de rata que tenía sobre un mesón de madera, igualmente roto y raído por estas criaturas.
“(…) limpieza sanguínea de los Clanes. Mil años, mil veces, hemos debido caer y levantarnos a fuerza del uso moral más elevado, ganado del ensayo y del error, más la guía inefable del temple, innato en nuestra estirpe, aunque no siempre teñido de bondad, como (…).

Abandonamos, por tanto, el rol de guías del hombre, para permitirle encontrar su propio destino libre de nuestra influencia, la que ha demostrado ser nociva para los primitivos (…). Llamado a la humildad, que nosotros tampoco, en inicio de nuestros tiempos, hubiésemos recibido bien (…) afán civilizador (…) nuevamente”.

El desgaste de las hojas y el escaso conocimiento del idioma Hara’dhum —palabra que los antiguos habitantes de aquella civilización subterránea, tan orgullosa en sus tiempos como extinta en la actualidad, usaban para referirse a sí mismos—, dificultaban mucho la lectura.

—Esto no está bien, hombre… —dijo nervioso el único mercenario que, pese a su juventud, seguía vivo—. Créeme, yo sé de estas cosas, hombre, y jamás…

—¡Silencio! —interrumpió Sigfrid, con una voz tan doliente y retorcida como él mismo.

Ajustó un lente de gran aumento en la montura de bronce del ojo artificial que, mediante finas agujas, conectaba al nervio ocular. El ojo natural, por llamarlo de algún modo, lo dejó atrás, pegado a un trozo de metal al rojo vivo al escapar de El Retiro, que era por aquellos tiempos el más terrible centro de torturas de que disponía el Consejo de Magos.

—No… No lo lograremos —el miserable temblaba de pies a cabeza, abrazado a un viejo mosquete.
Pero se justificaba el miedo, sobre todo en un novato. Ver a alguien, amigo, colega, o lo que fuera, deshacerse bajo una lluvia de ácido, de lava, acabar empalado, agujereado, o cocido vivo era suficiente para sacar pesadillas en la mayoría, fueran o no principiantes—. No podremos…

—¡Oye! —gritó una vez más, para romper la tensión que tenía al muchacho al borde del colapso. Cuando tuvo su atención, e intentando parecer tranquilo y despreocupado, continuó:— Bebe algo de vino, ¿quieres? Lo peor ya pasó… Estaremos bien.

Para el mercenario, la sola visión de aquel rostro medio deformado era motivo para castañetear los dientes. Incluso la mitad sana resultaba perturbadora: pobladas patillas que iban a morir bajo la nariz tosca y ancha, enrojecida por el alcohol y el frío. Dejó escapar un suspiro y apartó la vista. Aún temblaba, pero tomó a bien la recomendación y fue por la bota.

«Tal vez seas más guapo, camarada —pensó Sigfrid, tomando nota del desprecio en la mirada del joven—, pero al menos yo no me estoy meando de miedo».

En su juventud, ni se le había considerado hermoso ni se había bañado muy seguido. La belleza le parecía una carga. Tener un rostro hermoso era tener algo que perder, y tener algo que perder cuando el destino tira las cartas, a menudo se convierte en sentencia de muerte, pues nubla tu mente y la llena de dudas.

Prefería mantenerse libre de esos lastres. Gracias a eso conservó la vida en El Retiro, y así también se las arregló para escapar tiempo después. Fue ahí cuando las aspas al rojo vivo cayeron sobre él, arrancándole el ojo derecho y la mitad del rostro, pero eso no lo detuvo. Simplemente siguió adelante. Si perder el rostro, o un brazo, o los dos, era el precio a pagar por seguir vivo, pues por él estaba bien.

***

Buscaba algo en específico, un dispositivo antiguo y misterioso llamado La Puerta de los Clanes, que había permitido a los Hara’dhum mantenerse siempre en contacto, sin necesidad de hacer los largos viajes necesarios para llegar de una ciudad a otra. Al apoderarse de ella, Sigfrid podría ir y venir a su antojo, disminuyendo el riesgo de ser atrapado por los ajusticiadores del Consejo, que siempre parecían ir un paso delante de él, dejándose caer en los momentos más inoportunos.

Siguió un par de mapas, un par de mitos, y llegó entonces a las ruinas del Clan de las Aspas. Nada decían los mapas, sin embargo, de la obsesión de los locales con la colocación de trampas en cada baldosa o rendija donde pudiese encontrarse una. Quien quiera que haya dispuesto los crueles artilugios, estaba decidido a no entregar los secretos de la ciudad sin cobrarse primero un alto precio en sangre.

Con nueve hombres —además de él— contaba la expedición, entre exploradores y mercenarios. Ocho habían muerto, ya fuese por duchas de ácido, fosos sin fondo, saetas envenenadas o chorros de magma arrojados a presión entre los adoquines. Con razón el novato estaba nervioso. Por si fuera poco, no lograba dar con nada que justificara la expedición.

—¿Encontraste algo? —preguntó el muchacho, al verlo abandonar el taburete.

—Ya casi. Dame la bota, por favor.

—Quédatela. Yo tengo que regar las piedras.

Al menos el vino funcionaba: ni rastro quedaba, en el rostro del muchacho, del pánico que poco rato atrás lo tuviera al borde del colapso.

—¡Lejos de los libros!  —exigió Sigfrid, divertido.

A solas, el salón resultaba espeluznante. Las sombras parecían extender invisibles dedos en torno a él, tirando de su abrigo y sosteniéndole los pies. Buscó un sitio relativamente limpio y se sentó, apoyando la espalda contra un pesado estante, de cara a la oscuridad.

—No pierdan su tiempo —dijo a las sombras, luego de un rato—. Sé que no son reales.

La sensación de ser tragado por las sombras le era muy familiar. Normalmente precedía a las alucinaciones.

Intentaba mantenerlo en secreto, pero después de su milagrosa fuga de El Retiro, pasó una larga temporada con los Zelkná del pantano. Incluso había aprendido de ellos algún truco, o dos. Fue el inicio de su nueva vida, pero también el inicio de las voces.

Cada mañana debía beber una mezcla de yerbas y raíces que los ancianos molían en la boca y dejaban fermentar al sol. Incluso para un escéptico como Sigfrid, el efecto de la droga era formidable. Parecía que tanto las rocas como el aire, las plantas, bestias y las personas tuvieran una conciencia individual y gritaran a vivo pulmón “Aquí estoy” o “Esto soy”. Cuando abandonó el pantano, años después, abandonó la droga y muchas de las costumbres aborígenes, pero conservó —muy a su pesar— algunas de las voces.

«—¿Perder el tiempo? —respondió una voz igual a la suya—. Ya he tenido bastante con seguirte hasta aquí para nada».

—Te lo dije. Sé que…

«—Mercenarios y exploradores… ¿Qué diablos estabas pensando?».

Aquello fue un golpe bajo.

—Fue por las ruinas —respondió pensativo, llevando la vista a las baldosas de piedra—… Creí que el Consejo las vigilaría. De haber sido así…

«—¡Nueve! Esta tarde enviaste nueve hombres a la muerte, ni más ni menos, por uno de tus caprichos, por tu pretensión de luchar contra un enemigo al que hace décadas dejaste de importarle. Eres patético».

—¿De qué hablas? —interrumpió—. El muchacho sigue vivo.

—¿Sigfrid? —la voz del mercenario llegó a él cargada de miedo y dudas desde la distancia.

«—¿Por qué no le dices la verdad? Adelante, dile que lo has traído aquí a morir. Dile que estás a punto de arrojar todo el asunto de La Puerta de los Clanes al diablo, porque te aburriste de leer…».

—¡Cállate de una puta vez! —gritó a las sombras que parecían tomar forma delante de él, y luego, dirigiéndose al muchacho, añadió:— ¿Estas bien? Quédate ahí, y no hagas nada estúpido.

—Es… Tienes que ver esto, hombre. Ven pronto.

«—Miente. Dile que esté tranquilo, que sabes lo que haces —una figura emergió de la oscuridad, parecida a un calamar amarillento, con rostro humano y afilados dientes sobre los labios. Sigfrid apartó la vista: escuchar a sus demonios era una cosa, pero verlos…—. Me das asco ¡Debería destrozarte aquí mismo!».

—Espera un poco, eh… —descubrió entonces que no conocía el nombre del muchacho. Habría deseado aprendérselo.

«—¿Esperar qué? ¡Acaba con él de una vez, o te arrancaré la cabeza con mis propias manos!».

—¡Tú no tienes manos, hijo de puta! —estaba furioso, pero recordaba aún que la criatura no era real. Se quitó el florete y las pistolas, para evitar accidentes, y avanzó directo a las sombras.

—¿Qué? ¿No tengo… qué?

No sabía qué hacer. Las voces normalmente eran agresivas y a menudo acababan insultándolo, pero nunca antes las había visto tomar forma. Estaba a medio camino de la criatura cuando un fuerte ruido lo hizo detener. Debía tratarse de un derrumbe, o algo así.

«—¡Has cometido tu último error, Kuhn! —gritó el monstruo, arremetiendo contra él. La asquerosa dentadura parecía cortar la oscuridad para devorarlo.

El ataque tomó a Sigfrid por sorpresa. Extendió los brazos intentando protegerse y retrocedió a gran velocidad, hasta chocar la espalda con uno de los pesados libreros. Una gruesa capa de polvo cayó sobre él, mientras la criatura lo atravesaba sin hacerle daño. Luego el silencio.

—¿Muchacho…?

***

Un golpe se escuchó a la distancia y el salón se estremeció. ¿Derrumbes? Sigfrid se apartó del pesado mueble para evitar quedar aún más cubierto de polvo. Otro golpe, esta vez más cerca, y luego uno más. Entonces una sombra, gris y veloz como los mil demonios, se precipitó contra él desde un oscuro corredor.

A fuerza de un potente instinto de conservación, se arrojó hacia un lado para esquivar la violenta embestida, y la sombra, fuese lo que fuese, pasó de largo hasta destrozar una docena de libreros, quedando medio enterrada una montaña de papel y astillas. Si seguía siendo una amenaza o no, no estaba dispuesto a averiguarlo sin armarse adecuadamente primero. A la carrera, gateando primero y luego a tropezones, fue hacia el mesón donde, rato atrás, había dejado su escopeta de dos tiros, pero la criatura volvía a la carga tan rápida como antes, y de un despiadado golpe en el costado lo envió girando por los aires, a estrellarse contra el muro más apartado del mesón, los víveres, la dinamita y, más importante aún, la salida.

Golpeó el muro con el rostro, y luego el suelo con la nuca. El ojo artificial quedó hecho añicos, clavados la mayoría en la poca piel que aún le quedaba en ese lado del rostro. No tenía, sin embargo, tiempo para lamer sus heridas. La criatura estaba sobre él, arrojando una patada que lo habría partido en dos, si no hubiese rodado sobre sí para evitarla.

Al poner distancia entre ambos, pudo dar un vistazo a su agresor: un enorme, macizo y endemoniadamente rápido gólem de piedra.

Tenía sus armas al otro lado de la habitación, pero aunque las hubiera tenido en sus manos, cargadas y apuntando, posiblemente no hubiesen servido de mucho. La carrera desesperada a por ellas queda entonces descartada. Aún tenía, empero, posibilidades de salir con vida. Una carta, que procuraba mantener muy oculta, bajo la manga.

En cuclillas, esperó a que la criatura se volteara para encararlo, lo que no tardó más que el tiempo que le tomó desembarazar el enorme pié de piedra que había quedado incrustado en el muro, tras el último ataque. Hecho eso, no se diga más, arremetió nuevamente.

Necesitaba triplicar su ritmo cardíaco, tarea que el miedo traía bien encaminada, y luego convertir el miedo en rabia.

Su cuerpo se infló de un segundo a otro, convirtiéndose en una masa de músculo cubierta de pelo: algo entre un gorila y un león, o un oso. Sujetó el brazo de piedra con que el gólem intentaba golpearlo, arrancándolo de una sacudida frenética que, sin embargo, no fue suficiente para detenerlo. La criatura cambió al guardia, como un lagarto que se desprende de su cola, y asestó a Sigfrid una rápida sucesión de golpes que acabaron por destrozarle varias costillas.

Se retorció de dolor, dejando escapar un bestial gruñido que pareció desgarrarle el pecho. Entonces, con la boca derramando abundante saliva y sangre, se abrazó a la criatura para inmovilizarla, pero ésta, insensible al dolor, seguía pateando y sacudiéndose.

Era necesario terminar el baile cuanto antes, pues la rabia cedía rápidamente espacio al cansancio. De un veloz movimiento acomodó el cuello de la criatura entre sus dientes y mordió con toda la fuerza de su bestialidad. Los largos incisivos llevaron la peor parte, quebrándose en el acto, así como unos cuantos dientes, pero no se detuvo. Sabía, con la poca razón que conservaba aún, como un débil susurro en el oído de la bestia, que aquella jugada había sido la última. Al separarse, estaría demasiado cansado y dolorido para hacer frente a semejante criatura, así que mordió aún más, sabiendo que si iba a morir, bien podía morir sin dientes, sin encías y con la mandíbula destrozada.

Continuó, entonces, descargando toda su fuerza en la mandíbula, con las terminales nerviosas de los dientes expuestas contra la piedra fría y áspera, hasta escuchar un crujido. Al interior de la boca, los molares y dientes laterales, aunque menos afilados, resistían valientemente el castigo, mientras la piedra empezaba a quebrarse.

De una violenta sacudida, arrancó el cuello y la cabeza al golem, ahora cubierto de grietas, y unos cuantos zarpazos después, no era sino una pila de rocas quebradas a los pies de Sigfrid, que se erguía sobre los restos. La bestia curaba rápido las heridas. Cosa de un par de días. Tomó aire y comenzó un aullido triunfal, dolido y desesperado, cuando sintió un fuerte pinchazo en la espalda, y luego una descarga eléctrica tan potente que a punto estuvo de quebrarle la espalda. Las piernas, la rabia, todo cedió a las sacudidas. Al caer era humano otra vez, y el golpe sonó como un aplauso contra las baldosas. Una silueta, un hombre muy pequeño, aunque macizo, salía entre las sombras.

—¡Que se me caiga la barba si alguna vez vi criatura alguna tan brava como tú, colega! —parecía muy animado—. ¿Sigues vivo?

Intentó responder, pero las palabras se le disolvieron en la boca destrozada, mientras el cansancio lo llevaba a un sitio oscuro, lejos del dolor y el frío.

—¿Me escuchas? —la voz sonaba lejana, casi como un recuerdo—. Bien hecho polvo has quedado ¿Sigues vivo, o no?

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0.0/5 (0 votes cast)