Shintaro (Parte IV), por Javier Maldonado Quiroga

Posted on abr 26, 2013 | 4.244 comments

Shintaro (Parte IV), por Javier Maldonado Quiroga

Shintaro caminaba arrebujado en un viejo y sucio manto que alguna vez había pertenecido a su maestro. Los ojos, semicerrados, trataban de ver algo a través de la lluvia que caía con fuerza aquella mañana, transformando el lecho del bosque en un espeso barrial.
Era un día oscuro, cubierto de nubes grises cargadas de agua. Un fuerte viento corría desde el oeste. Raisho les había advertido del mal tiempo que se avecinaba, por lo que habían tomado algunas medidas. En primer término se alejaron del río, el que aumentó considerablemente su caudal, inundando las tierras aledañas y obligándolos a cobijarse bajo las densas copas de los árboles.

También habían decidido mantener una prudente distancia de las aldeas con las que se cruzaban, sabiendo que los demonios se ocultaban entre sus moradores. Raisho, más que ninguna otra cosa, deseaba llegar pronto al encuentro de Nagatsune pues intuía que la vida del Dios Dragón se apagaba cada día más. Podía ver esto en los cambios del bosque, ahora más sombrío y apagado, como los ojos de un hombre moribundo que poco a poco van perdiendo su brillo.

La noche anterior Tanuki había decidido adelantarse, aprovechando la velocidad que le otorgaban sus cuatro extremidades, para anunciar a Nagatsune de la pronta llegada de Raisho.

Atardecía cuando se detuvieron frente a una humilde cabaña rodeada por unos cedros viejos y vigilantes. Un tenue fulgor se escabullía por entre las rendijas de las ventanas. Aún llovía, aunque con menos intensidad.

—¿Quien vive en este lugar? —preguntó Shintaro.

—Viejos amigos —dijo el demonio.

Raisho golpeó con fuerzas la puerta de madera. A los pocos segundos una viejecilla emergió del interior con una sonrisa desdentada y llena de cordialidad. Al reconocer al demonio hizo una reverencia, mientras decía:

—Maestro Tengu.

—Vieja Ume —saludó Raisho—. Hoy vengo a reclamar tu hospitalidad nuevamente.

—Ahórrate ese discurso —respondió Vieja Ume—. Pasen, pasen —agregó haciéndose a un lado—. No es bueno estar tanto tiempo bajo la lluvia.

—Muchas gracias —dijo Shintaro, inclinando la cabeza antes de ingresar a la cabaña. Raisho siguió sus pasos.

El cambio fue muy agradable para el joven espadachín. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una noche bajo la protección de un techo y el calor de un fuego; además, el hogar de la Vieja Ume era un lugar pequeño pero tan acogedor que a Shintaro no le habría molestado quedarse a vivir ahí por un largo tiempo. Había un agradable aroma a madera quemada y hierbas silvestres recién cortadas. En el centro de la cabaña se cocinaba lo que parecían ser un par de liebres, lo que no pasó inadvertido para ninguno de los invitados.

—¿Quién es el chiquillo que te acompaña? —preguntó Vieja Ume mientras volvía su atención a la preparación de la cena—. Pensé que los hombres, obviando ciertas excepciones, no te agradaban demasiado.

—Y no me agradan —dijo Raisho—, pero este es diferente.

—¿Lo has hecho tu aprendiz?

—Así es.

Vieja Ume le cerró un ojo a Shintaro y le dijo:

—Eres afortunado en tener a un Tengu de maestro. Pocos espadachines pueden alardear de eso. ¿Cuál es tu nombre, muchacho?

—Shintaro —se apresuró a responder el aludido.

—Me imagino que tu visita oculta más motivos que la simple necesidad de refugio —dijo la anciana mirando de soslayo al Tengu.

—Y tú jamás necesitas hacer esas preguntas, Vieja Ume —señaló este.

La Vieja Ume cambió el tono de su voz, antes despreocupado, y miró largamente a Raisho.

—¿Te has dado cuenta, entonces?

Raisho asintió.

—Yo también lo he sentido —continuó la anciana—. El espíritu de Nagatsune se está apagando, cada día un poco más. Los árboles han comenzado a perder su color y el agua del río se ha vuelto turbia. Demonios antiguos, aún más que tú, han emergido de lo más profundo de la tierra. Los he oído en las noches, pero no se han atrevido a perturbar este lugar.

La Vieja Ume hablaba todo esto sin prisas. Su voz sonaba cansada, tanto como sus rasgos y sus gestos. Sin duda debía ser muy anciana, quizás más incluso de lo que aparentaba.

—Me he encargado de unos cuantos —dijo Raisho—, pero no puedo perder mi tiempo con ellos. Nagatsune me necesita y he demorado mucho en responder a su llamado.

—Por lo pronto debes descansar —le respondió la anciana—. Esta noche deja atrás tu carga y disfruta de una cena caliente. Tu compañero de viaje lo necesita.

Cenaron sin decir demasiado. Raisho y Shintaro dieron buena cuenta de todo lo que Vieja Ume puso sobre la mesa: guiso de conejo, onigiris rellenos de salmón y frutos secos. Luego de esto bebieron té y descansaron sentados cerca del fuego. En el exterior la lluvia había amainado casi por completo.

Shintaro observaba todo con ojos curiosos. Vieja Ume parecía una anciana común, pero él sabía que no era así. Nagateru le había enseñado a no dejarse engañar por las apariencias, a cuestionar cada acto de amabilidad, cada sonrisa. Ningún ser humano daba algo sin esperar otra cosa a cambio.

—La noche es corta, pero a veces sus sombras se alargan más de lo debido —dijo la anciana removiendo los leños ya casi consumidos—. Pero acá no pueden alcanzarnos.

—¿No temes a los demonios que rondan estas tierras? —le preguntó Shintaro, incapaz de contener todas las dudas que poblaban su mente. El Tengu, por su parte, guardaba un severo silencio, pero sus ojos y oídos estaban atentos a todo lo que sucedía a su alrededor.

—Cuando vives tantos años como yo, muchas cosas dejan de darte miedo —respondió Vieja Ume sin apartar la vista de las brasas—. Además ¿de que sirve el miedo? Tan sólo te vuelve más vulnerable. Te paraliza, como el veneno de una araña en una mosca.

Shintaro se quedó reflexionando las palabras de la anciana, mientras esta se ponía de pie para ir a buscar unos futones y mantas en el sector más alejado de la cabaña. Cuando trató de entregarle su correspondiente a Raisho, este agitó las manos y le dijo:

—Yo no necesito eso para dormir y lo sabes.

Se acomodaron como pudieron en el poco espacio del que disponían. Raisho apoyó la espalda contra la pared y pronto estuvo profundamente dormido. Shintaro también logró dormir, pero una creciente inquietud le oprimía el pecho. Despertó en medio de la noche, acosado por una pesadilla que no podía recordar.

Miró a su alrededor. Todo estaba en silencio, cubierto de sombras. Pudo distinguir a Raisho en la misma posición que la última vez, con los ojos cerrados y una expresión de intranquilidad en el rostro. Parecía meditar, aunque Shintaro sabía que estaba dormido. Más al fondo se apreciaba la silueta de Vieja Ume. ¿Cuanto tiempo había pasado? No podía saberlo con exactitud, pero de improviso el sueño lo había abandonado por completo. Una poderosa necesidad de salir al exterior se adueñó de su voluntad. Afuera, oculto entre la arboleda, había algo que lo llamaba de alguna forma.

Sin hacer ruido se escabulló hasta la salida y salió al exterior. La noche era oscura. Apenas pudo distinguir las siluetas de los árboles. Caminó unos pasos, respirando el aire nocturno, dejando que llenara sus pulmones. El cielo estaba nublado, pero ya no llovía. Tras de si la cabaña era una mancha negra y amenazante.

Sonidos apagados comenzaron a sonar en la parte más densa del bosque. Al principio no pudo distinguir de que se trataba, pero pronto tomó consciencia de que eran pasos, y se acercaban cada vez más. Retrocedió, sintiendo como el miedo le atrofiaba las extremidades. Solo entonces se dio cuenta de que no llevaba la katana consigo.

Una figura conocida emergió de entre los árboles.

—Shintaro —lo llamó una voz que pensó no volvería a oír nunca más.

El hombre que tenía frente a si era su difunto maestro, Nagateru Uyama, pero su aspecto no era el de un hombre vivo y saludable, sino que el mismo que tenía la noche de su muerte: el rostro estaba sucio y desencajado, mientras  un hilo de sangre escapaba de su boca así como de las diversas heridas en el pecho y abdomen.

¿Por qué el espectro de su maestro venía a perturbarlo?

—¿No vas a saludarme? —volvió a decir Nagateru, y mientras hablaba seguía avanzando.

Shintaro, incapaz de hacer nada, trató de dibujar en su mente la cara de Nagateru, no la de aquel fantasma, sino la del hombre por el cual había dejado a su madre atrás. Sólo entonces pudo darse cuenta de lo mucho que lo extrañaba, pero él mismo había silenciado ese dolor.

—Tú no eres mi maestro —le dijo, tratando de hacer frente a su temor.

El espectro se detuvo.

—Soy Nagateru ¿ya no me reconoces acaso?

—¡Tú no eres mi maestro! —gritó Shintaro—. Él está muerto. Yo mismo lo enterré a los pies de un roble hace siete días.

—Muchacho, muchacho —dijo otra voz, más aguda y perversa—, los muertos también pueden levantarse a veces.

Detrás del fantásma de Nagateru había otra silueta aún más oscura. Shintaro pudo distinguir unos ojos brillantes fijos en él.

—¿Quien eres tú? —preguntó, esforzándose por ocultar el temblor en su voz.
—¿Yo? Yo no soy nadie… Solo alguien que observa mucho y te he visto a ti y sé lo que quieres.

¿Quién era aquel hombre o demonio que usaba a su maestro para atraerlo? ¿Lo había estado espiando todo el tiempo? ¿Sabía, acaso, de sus temores más arraigados? ¿De los recuerdos que no lo dejaban dormir?

—Sé —continuó aquella voz sin rostro— que piensas constantemente en la muerte. Sé que tus sueños están poblados de fantasmas y que no tienes a nadie. Estás solo, aún ahora, en compañía de ese demonio.

«Pero no siempre estuve solo», pensó el joven espadachín. Estar ahí, aquella noche y no otra, había sido su decisión. Con tan sólo doce años se había atrevido a buscar su propio camino, pero aún era muy pronto para encontrarlo. Se quedó mirando los ojos muertos de su maestro y recordó el día en que este lo aceptó como su discípulo. Había sido el más feliz de su vida, pero luego tuvo que abandonar a su madre.

«La vida y sus contrastes», reflexionó.

Entonces sintió el peso de una mano sobre su hombro derecho. Raisho estaba parado junto a él. No dijo nada, pero aquel simple gesto era suficiente. Junto a éste estaba Vieja Ume. De pronto la noche pareció hacerse un poco más clara y muchas sombras se desvanecieron, dejando en su lugar la hierba húmeda y brillante.

—Shinigami —murmuró la anciana—. Deja en paz al muchacho y vete. Aún es muy pronto para él.

La figura de Nagateru ya no estaba y en su lugar quedó una silueta negra y alargada. La vegetación que le rodeaba se había marchitado.

—Nunca es demasiado pronto —le respondió el espectro dejando entrever una sonrisa gélida—, pero no tengo apuro. El tiempo nunca ha sido un problema para mi.
Y apenas hubo terminado de hablar, el tal Shinigami pareció fundirse con las sombras bajo sus pies, desapareciendo sin dejar rastro.

—Es una lástima que mi espada no sirva de nada ante él —dijo Raisho.

—No puedes matar a la muerte —le dijo Vieja Ume.

Shintaro se alejó de la anciana y el tengu para examinar el lugar donde había estado su maestro.

—Era una ilusión ¿cierto? —les preguntó.

—El Shinigami puede invocar a quien él quiera—dijo Vieja Ume—, pero sólo son sombras de los hombres y mujeres que fueron mientras vivían.

—¿Entonces si era Nagateru? —murmuró el espadachín.

Vieja Ume dio un profundo suspiro antes de responder.

—Sólo una sombra, muchacho… Sólo una sombra —repitió—; no el verdadero Nagateru.

Shintaro se arrodilló y comenzó a orar en silencio. No pudo disimular las lágrimas que comenzaron a escapar de sus ojos, inundando sus mejillas.

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