Shintaro (Parte V), por Javier Maldonado Quiroga

Posted on may 29, 2013 | 6.977 comments

Shintaro (Parte V), por Javier Maldonado Quiroga

Cuando hubieron dejado atrás la zona más densa del bosque —donde quedó oculto el hogar de Vieja Ume, resguardado por la longeva presencia de los árboles— Shintaro pudo contemplar, por fin, el gran monte Kitadake en todo su esplendor, cubierto de una espesa vegetación color verde oscuro. La cima, sin embargo, comenzaba a cubrirse de nieve a medida que las temperaturas descendían. A su alrededor, otras montañas menores se desplegaban en una larga cadena que le hacía asemejarse al lomo de un gigantesco dragón dormido.

Cruzaron las faldas de la montaña, ignorando la peste que se desprendía de un pequeño caserío abandonado, el último signo de vida humana, a pesar de que no se veía el rastro de ningún hombre alrededor.

Improvisaron un campamento al pie de un viejo roble, torcido por el peso de los años. Desde aquella noche en que el Shinigami lo había acosado con el recuerdo de su maestro, Shintaro había mantenido un silencio hosco, como si se avergonzara de lo que había sucedido. Raisho tampoco resultaba de gran ayuda, a pesar de que evitaba mencionar aquel episodio; era como si ninguno de los dos, demonio y humano, confiara aún lo suficiente en el otro.

A diferencia de lo que habían observado durante su camino hacia la montaña, aquí aún se podía percibir el poder de Nagatsune, pues la vegetación todavía crecía impetuosa, cubriendo las rocas y los troncos de los árboles caídos.

Esa noche nubes negras envolvieron el cielo, convirtiendo a la montaña en una gigantesca, oscura y silenciosa presencia. Nada importunó el descanso de Raisho y Shintaro, excepto por un viento frío que los obligó a dormir apretujados, envueltos con las pocas mantas de las que disponían.

Cuando llegó el día continuaron su camino, siguiendo intrincados senderos que sólo Raisho parecía conocer. Poco a poco el terreno se fue elevando, volviendo más arduo el trayecto hacia la parte alta de la montaña. Sólo una vez se detuvieron a reponer fuerzas, pues el Tengu parecía decidido a encontrarse con el Dios Dragón aquella misma jornada.

Constantemente Shintaro se preguntaba cómo sería su encuentro con Nagatsune. Después de todo, pocas veces un humano tenía la suerte de toparse frente a frente con un Dios. Todas estas reflexiones las hacía en silencio, a medida que ascendían a través de la densa vegetación que cubría la montaña. Se sentía hambriento y cansado, pero no estaba dispuesto a mostrarse débil ante Raisho.

Hacía mucho había leído que algunos de los grandes maestros espadachines del Japón habían sido entrenados por Tengus, aquellos esquivos demonios de piel rojiza y larga nariz que poblaban los relatos fantásticos. ¿Tenía algún sentido que él, un aprendiz de escasa habilidad, hubiera sido elegido por uno de estos extraordinarios seres?

Estos pensamientos se vieron interrumpidos cuando Raisho se detuvo y alzó una mano, indicándole que alguien los observaba entre los árboles. Por fortuna no fue necesario que el demonio desenfundara su espada, pues se trataba de Tanuki, quien emergió de unos arbustos, saludándolos alegremente.

—¡Lo han logrado! —les dijo—. Temía que ya fuera demasiado tarde.

—He seguido rutas secretas —le dijo Raisho—, alejadas de los poblados humanos, que es donde suelen dirigirse los demonios cuando están hambrientos.

—Lo sé. La mayoría de las aldeas de la región han sido asoladas. Los sobrevivientes han huido a las ciudades.

Shintaro intervino por primera vez.

—¿No hay nada que se pueda hacer por ellos? ¿Lo perderán todo acaso?

—Aunque quisiéramos hacer algo, ya es tarde —dijo Raisho—. Los demonios se han esparcido por toda la región y se han mezclado con los humanos. Lo han hecho antes y lo seguirán haciendo.

Pronto reanudaron el camino, esta vez acompañados por Tanuki. Al poco rato llegaron a una zona donde el terreno se volvía menos empinado y los árboles dejaban espacio a un amplio claro en el cual se internaron. Sobre uno de los robles, de ancho tronco y gruesas ramas, había una construcción de madera perfectamente adaptada al lugar donde se encontraba emplazada.

—¿Es esa una choza? —preguntó Shintaro—. ¿Sobre aquel árbol?

—Ese es mi hogar —le dijo el Tengu—, pero estamos de pasada. Aún debemos caminar un poco más si queremos llegar ante Nagatsune.

Shintaro no hizo ninguna otra pregunta, pero durante un rato se dedicó a observar la extraña belleza de aquella cabaña, semicubierta por las frondosas hojas del árbol donde había sido construída. Pensó entonces en cuántas otras cosas estaban ocultas a los ojos de los hombres que habían elegido hacer sus vidas en las grandes ciudades. Era como si algo comenzara a despertar de a poco en él, algo que recién ahora era capaz de descubrir. Ya no era el mismo Shintaro que había sepultado a su maestro, ni el que había temblado mientras deambulaba solo por el bosque.

El camino, finalmente, comenzaba a tomar forma.

Los cielos se mantuvieron cerrados durante todo el día, hasta que cayó la tarde. Entonces, los débiles rayos de un sol invernal aparecieron por primera vez en muchos días, pero el crepúsculo ya avanzaba, trayendo consigo las sombras de la noche. Fue entonces cuando Raisho pareció ceder al cansancio, o eso le pareció a Shintaro, tras verlo detenerse y dejar su morral en el suelo.

Frente a ellos había una caída de agua, rodeada de una exuberante vegetación de árboles centenarios. El río corría rápido e impetuoso, arrastrando consigo tierra y piedras: parecía un lugar seguro para pasar la noche, pues contaban con agua y la protección de la densa arboleda que los rodeaba.

De a poco el cielo se fue tornando oscuro y comenzaron a aparecer las primeras estrellas. Encendieron una fogata y dispusieron las mantas alrededor. Raisho parecía haber recuperado el ánimo, como si el estar en aquel lugar hubiera renovado sus energías; sin embargo, nada dijo de Nagatsune. El apremio por llegar ante él se había desvanecido de repente.

Se sentaron a pescar al borde del río, mientras Tanuki los observaba. Aquella sensación de inseguridad que los había acompañado todo el camino había desaparecido. Disfrutaban del constante murmullo del agua, del chapoteo de los peces, de la brisa tibia que los envolvía. La oscuridad, no aquella que venía con la noche, si no la que se arrastraba bajo las sombras del mal que había emergido del bosque, no había podido seguirlos hasta ese sitio.

Shintaro pudo volver a sonreir.

Cenaron contemplando la bóveda celeste, ahora colmada de estrellas, silenciosos, reflexivos… satisfechos. El fuego ardía junto a ellos y pronto el sueño los fue arrebujando. Como siempre, Raisho fue el último en cerrar los ojos, pero esta vez la espada estaba lejos de él. No la necesitaba.

Shintaro soñó aquella noche con pequeñas presencias que lo observaban y vigilaban, pero tras ellos había una presencia mucho mayor, aún más grande que la montaña misma y mucho más antigua. Su respiración era el viento que baja desde la cumbre, sus ojos cada una de las criaturas que hacían de la montaña su hogar. Incluso él mismo era parte de todo aquello, como si comenzara a fundirse con la tierra donde dormía. Pudo sentir como el musgo y la hierba comenzaban a cubrir su cuerpo, como si se tratase de un viejo árbol caído.

Entonces despertó. Aún era de madrugada y un aire frío se había asentado en todo el lugar. Sólo el rumor del río perturbaba el silencio de aquel amanecer. Junto a él estaban las mantas intactas de Raisho, pero no había rastro del demonio ni tampoco de Tanuki.

Shintaro se incorporó y miró a su alrededor. Nada parecía haber cambiado, excepto por la llegada del nuevo día. Recordó el sueño que había tenido durante la noche y se dio cuenta de que aquella presencia aún seguía ahí.

No estaba solo.

De improviso la montaña pareció cobrar vida. El suelo frente a él se agitó, como si fuera el lomo de un animal que comienza a desperezarse y los árboles se sacudieron con violencia, dando lugar a un gigantesco dragón que se elevó hasta casi tocar el cielo. El enorme cuerpo estaba cubierto de hierba, tierra, piedras y parte del bosque. Era como si fuera el bosque, y la montaña y hasta el mismísimo río.

Shintaro no pudo evitar caer al suelo, sobrecogido de asombro. Frente a él se erguía Nagatsune, el Gran Dios Dragón, y sus ojos estaban fijos en él.

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