“Tolkien y yo”, por Gerardo Sanhueza

Posted on ene 3, 2014 | 5.806 comments

“Tolkien y yo”, por Gerardo Sanhueza

Hoy, 3 de enero, habría cumplido años John Ronald Reuel Tolkien, y no podíamos dejarlo pasar sin pena ni gloria. ¿O sí? Tal vez deberíamos, por lo bueno que fue y lo malo que ha sido, pero dejémonos de ambigüedades y hablemos un poco del escritor cuya obra me genera más sentimientos encontrados.

Hombre de academia, escritor, filólogo, lingüísta, profesor, padre de familia y amigo de sus amigos, autor de El Hobbit, El Señor de los Anillos —trabajo de una vida— y La Caída de Arturo, sólo por mencionar las tres que se me vienen a la cabeza más rápido. ¿Qué podemos decir de él que no se haya dicho antes, que no suene excesivamente repetitivo o excesivamente aburrido a estas alturas? Y es que hablar de Tolkien en los días que corren significa plantar una bandera. Si estás a favor y te reconoces un admirador de su obra, suena a que apoyas los mil clichés que se desprenden de ella, que todos tus personajes tendrán nombres impronunciables, que eres de esos que prefiere escapar de la realidad antes que tomarse el tiempo de lavar los platos.

¿Y si estás en contra? Entonces pasas por un hipster literario en el peor de los sentidos, y todos esperarán que cites al Anillo de los Nibelungos como el verdadero Anillo —o qué sé yo— y digas que no porque no, asumiendo de inmediato que lo dices por llevar la contra y nada más, que estás pasando por alto las mil monedas de oro que su obra sí nos dejó, para lloriquear como un niño que tira la comida al suelo.

Si me preguntas a mí, preferiría tomar distancia, alejarme de las banderas, no hablar a favor ni en contra y evitar darle muchas vueltas al asunto… Y entonces veo en la planilla programática que me toca escribir una entrada de su cumpleaños, demostrando una vez más que aún no se pierde el sentido del humor por estos lados.

Recuerdo que cuando la obra de Tolkien —entiéndase El Hobbit— cayó a mis manos, en mi época colegial, de inmediato me enamoré de la Tierra Media y de muchos de los personajes que la recorrían. Fue para mí y para muchos de mis amigos, que no leíamos nada fuera de un plan lector pésimamente construido, una bofetada en la cara, un encontrarse de pronto con que los libros no están limitados al adoctrinamiento escolar, que pueden escribirse para entretener y escribirse bien… pero pongámonos un poco más en contexto.

Estás en el colegio y estudias sólo para las pruebas, el resto del tiempo dibujas, juegas fútbol —así lo exige la masculinidad juvenil, nos guste o no—, peleas en las plazas y robas en los supermercados… Parecía que sólo lo que no se hacía por gusto merecía hacerse bien. Entonces llegan los libros de Tolkien, con una construcción formidable, un nivel de trabajo sorprendente, y un mensaje muy distinto al que nos daban todas las figuras cuya opinión creíamos que debíamos respetar por entonces, centrado en el valor de la aventura, en que hay reyes caminando entre los parias, en que hay un millón de secretos escondidos bajo el cemento, mundos maravillosos bajo nuestras narices, disponibles para cualquiera que sepa dónde mirar.
El pasto era más verde después de leer a Tolkien, y los árboles más viejos.

Queríamos más, y salimos a buscarlo, o empezamos a contarnos nuestras propias versiones de la historia, nuestras propias historias dentro del mundo aquel ¿Y qué pasó? Contamos infinidad de veces la misma historia, imitamos pobremente a los elfos, todos hermosos y llenos de magia, a los enanos, todos tozudos y rápidos a la ira, todos los humanos descendientes de algún Rey y todas las espadas brillantes. Nos saltamos los hilos del truco, esos que sostenían la historia, que la tejían de una forma inteligente y la mantenían unida, para dedicarnos a replicar los juegos de luces. En resumen, una vergüenza…

Y no digo que Tolkien no haya tenido fallas, las tenía —partiendo por esas inacabables descripciones de las flores que nadie jamás verá en su vida, más que el protagonista, por el rabillo del ojo, dos segundos al pasar—, pero no fueron esas fallas lo que nos hizo tomar distancia, fue lo que hicimos con ellas.

Hay excepciones, claro, lo que no hay es espacio para discutirlas en detalle… aunque les dejo aquí a uno que me parece es una de ellas. El punto es que aunque Tolkien haya sido el padre de la Alta Fantasía —porque padre no es el que se folla a tu madre, sino el que te cría—, no hizo todo lo que había por hacer, aunque hizo bien su parte. Y no es mala esta instancia para recordar que cuando él se embarcó en la idea de contar no solo la historia que quería contar, sino que darle a esa historia un mundo que le permitiera contarla tal como la tenía en su cabeza, lo hizo sin mapa. Hoy él es el mapa, pero cuidado, que ese mapa conduce a tierras que ya están pobladas (sobrepobladas incluso) pero el mundo de la Alta Fantasía es más grande.
Sólo hace falta algo de coraje, una mochila y trabajo.

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