“El último cornario”, por Enrique Bardo

Posted on ene 8, 2014 | 2.645 comments

“El último cornario”, por Enrique Bardo
Desperté con el rechinar de la puerta al abrirse. Luego, unos pasos decididos avanzaron hacia mí, resonando por los muros del Templo Central.
¿Me habría llegado al fin la hora? El tiempo se me había vuelto incontable bajo la tela gruesa y oscura que cubría mi jaula. Pero la voz susurrante que reconocí, pese a los días de confinamiento, me infundió un poco de esperanza: al parecer, aún me quedaba un tiempo más.
—¿Keleg? —preguntó, y su tono extraviado me hizo entender que ella ignoraba si vivía o no. Ni siquiera yo sabía que los cornarios pudiésemos durar tanto sin comer o beber.

«Meira», quise decirle, casi con gusto, pero la situación me hizo responder de otro modo:
—¡Vete! ¡Harás que te maten! —le advertí, pero ella ya se encontraba descubriendo mi prisión para que nuestras miradas se encontraran de nuevo. El celeste de sus ojos brillaba hermoso, como siempre, bajo la oscuridad de su cabello y la capucha de una capa de viaje. Me hizo recordar la consigna de su religión:— «La ley del Creador no perdona…
—… y jamás olvida» —concluyó Meira, al tiempo que acercaba su cuerpo a la rejilla.—. Vine a despedirme —dijo, como si respondiera a la pregunta que no me había atrevido a hacerle—. Y también a disculparme.
Sus lágrimas escurrían por su barbilla, que temblaba en el intento de contener el llanto. Ese gesto fue lo más prudente que le vi hacer.
—No pidas perdón —respondí, aun cuando en silencio, todas esas noches, la había llamado traidora en secreto.
—Tienes razón… Fui cobarde… No lo merezco.
El silencio le duró sólo unos instantes antes de entregarse a un discreto llanto. Aun los más pequeños sollozos pueden ser grandes delatores, comprendí. En el lapso que tardó en tranquilizarse, acarició mis cuernos con ternura. Como lo hizo siempre.
—Yo nunca te he culpado —le dije al fin, estrechándola contra mi pecho para consolarla, dentro de lo que podía en mi confinamiento. Y era cierto. En el fondo, era cierto.
Estuvimos así por un tiempo que debió durar una eternidad, pero que en realidad se me hizo demasiado corto. Entonces ella apartó su calor de mi pecho, tomó mi mano y la llevó a su vientre. Las holgadas prendas clericales ocultaban una verdad irrefutable.
—Llevará tu nombre. Y sé que heredará tu coraje.
Sus palabras me helaron la sangre. Pero no pude replicar, pues su sobresalto fue simultáneo a un ruido en el exterior: alguien se aproximaba. Asustada, se retiró de la jaula con cuidado.
—Quería que lo supieras. ¡Adiós! —y la tela me cubrió con la última noche de mis días.
Ahora que viajo y escribo en este carro hacia el momento final, sólo pienso en la estupidez que Meira está por cometer. ¡Debe deshacerse de ese demonio!, pienso. No quiero que nazca de ella un ser condenado a la soledad, al desprecio, al temor de ser hallado… Como yo.
De haber sabido que esto ocurriría, jamás habría luchado contra el hambre, ni me habría refugiado, ni habría dejado a la sacerdotisa brindarme refugio… ni la habría amado.
Debí habérselo dicho en ese momento, pero ahora es tarde: me llevan a la plaza principal, y lo que ocurrirá es tan irremediable que creo haberlo vivido.
Me han descubierto el rostro. Veo a todos esos hombres agolpados, enardecidos, esperando ver mi sangre. Los escucho; su voz es la de un dios que no perdona ni olvida. Culpo a la semilla; mi raza los asoló por cientos de años. «¡Asesino!, ¡demonio!, ¡hijo de puta!», gritan. Ya no los oigo, sólo mis ojos están buscándola.
Meira. En algún lugar, en medio de este tumulto, debe estar Meira. Me detengo un momento: ¿debería? Recuerdo que durante su visita usaba una capa de viaje. ¿Habría partido, aprovechando el alboroto? Ya no lo sabré. Ya no quiero respuestas, sólo quiero verla y a la criatura que nacerá de su vientre.
¿Será como yo?, ¿será como ella? Imagino a una niña con cuernos, pero asombrosamente hermosa, como ella. Quiero liberarme y correr a buscarla, pero mi cuerpo ya no tiene fuerzas. Arrodillado, forcejeo como puedo. Y, de pronto, ya no puedo mover nada, mi cuerpo se ha vuelto ligero. Ya no lo siento. Ya no siento. Ya sólo mis ojos otean en lo profundo del cielo. Ya sólo me queda el celeste de los ojos de Meira.
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