“La importancia del punk en el steampunk”, por Gerardo Sanhueza B

Posted on feb 21, 2014 | 5.119 comments

“La importancia del punk en el steampunk”, por Gerardo Sanhueza B
Esto empieza hace un par de días, cuando me encontré con una cita en que se traducía steampunk como revolución de vapor y, por supuesto, no me gustó.
Si buscas qué es el punk, sólo encontrarás información relativamente completa sobre el movimiento musical, pero ninguna fuente confiable y bien definida sobre el significado de la palabra «punk» por sí misma.
Sabemos que se originó de forma informal, en las calles, para referirse de forma siempre despectiva a los bums, los vagos, los vividores, borrachos, drogadictos y cualquier individuo excluido de la sociedad, incapaz de encajar en ella pero que, por una razón u otra, no escapa a las montañas. Es un movimiento urbano, completamente urbano, formado por espíritus libres, fuertes y valientes que caminan como iluminados por un mundo enfermo y loco, diría alguno de los enamorados del movimiento. Una manga de irresponsables e infantiles hijos de puta que, incapaces de mover un dedo por alguien que no sean ellos mismos, acostumbrados a vivir como las ratas, toman lo que pueden quitar a la gente honesta y trabajadora, diría alguno de sus detractores.
En cualquier caso nos vemos obligados a hablar del punk asociándolo a algo, a alguien, a un movimiento artístico, a una estética especial o lo que sea. Del mismo modo en que en el Budismo Zen, «Budismo» es la religión y «Zen» es la forma de vida, en el steam / punk, el steam (vapor) es lo superior, lo que forma la realidad, aquello de lo que está hecho el camino, y el punk es, a su vez, tanto el camino como la forma de caminarlo.
La visión beatnik al inicio del camino, antes de enamorarse de la estética y convertir el amor por el arte, especialmente por la poesía, en una forma de compensar la pobreza y falta de educación formal, es el punk. En ese sentido, el movimiento Beat fue corrompido y consumido finalmente por el afán de reivindicación de una forma de vida no materialista, no obsesionada por el consumo, y se convirtió en una especie de disculpa: «no tengo dinero pero tengo arte, sirvo para algo».
El punk, por el contrario, no busca soluciones, ni aceptación, no ofrece justificaciones ni intenta reivindicar nada ni a nadie, sino que es el mero acto de abrir los ojos: Tal vez si nadie nos obligara a limpiar nos atreveríamos a abrir los ojos de una vez por todas y ver la mugre en que vivimos. La moica, las chaquetas con puntas, las poleras con el logo de The Misfits dibujado a mano y todo lo que vemos a simple vista es meramente accesorio.
Charles Bukowski, sin referirse específicamente a lo punk, logró un muy bueno retrato de lo que es tener el punk metido en las venas en el poema “The Strongest of the Strange”:
Ahora llevemos la cuestión a lo literario, al cyberpunk, padre del steampunk.
Pensemos en un mundo futurista, en una clase acomodada con ilimitado acceso a la tecnología, recursos, poder, seguridad y demás. Pensemos en un mundo en que cada uno de tus órganos puede ser sanado, mejorado o reemplazado por una mejor versión del mismo y preguntémonos: «Si hubiera punk entonces, ¿dónde estaría?»
En una de las novelas más representativas del género, Neuromante, William Gibson busca la respuesta enmarcando claramente los tres ingredientes principales del caldo:
Primero, una civilización que ha avanzado hasta consumir el mundo, que ha agotado los recursos naturales y se ha visto obligada a encerrarse en sí misma, en su propia creación, y todo lo que hace hoy, lo hace sólo para sobrevivir.
Segundo, el noir. Hombres curtidos y quebrados que han amado, de un modo u otro, lo que la sociedad tenía para ofrecerles. Policías retirados, defensores de la ley y el orden que han perdido la fe en ambos, pero que siguen dedicados a su oficio tal vez porque es lo único que saben hacer, como una forma de inmolación, o porque saben cuán peligroso resulta un ser humano libre de aquellas concepciones y temen convertirse en perseguidos.
Y, en tercer lugar, el chamanismo, la potencia espiritual del ser humano, el enemigo natural de la estandarización. En Neuromante esta potencia se expresa a través de la tecnología, siendo mucho más grande que ella: Existe un poder esencial que trasciende al ser humano y todo lo que él crea, para bien o para mal.
¿Se nota la forma en que el punk está presente en las tres?
  1. El mundo avanza y a la mierda los que no puedan seguir el paso: son débiles.
  2. No hay una olla de oro al final del camino, ni cielo, ni redención. Somos lo que somos y hacemos lo que hacemos.
  3. No pueden detenernos los muros ni las armas, no necesitamos nada de lo que nos venden, ni protección, ni ayuda: Quien vence a los demás es fuerte, quien se vence a sí mismo es la fuerza.[i]

Volvamos a nosotros, a los tiempos que corren.

No saldremos a la calle, pistola en mano, a beber en una docena de bares y negarnos a pagar la cuenta,¿verdad? Aunque tú, yo (y probablemente la mayoría de las personas que conocemos) mantengamos un nivel de desagrado con el mundo en que vivimos, acabamos haciendo concesiones y aceptamos perder algunas libertades a cambio de ganar ciertas seguridades. La sociedad, mal que mal, nos mantiene cómodos y nos soba ocasionalmente el lomo a cambio de ciertas conductas que, con un mínimo de ingenio, resultan fáciles y poco comprometedoras, ¿Cómo negarnos? Y más importante aún, ¿para qué?
Ahora, imaginemos a alguien que haya vivido toda su vida, 20, 30, 40 años ajeno a estas concesiones, alguien que no ha transado un solo aspecto de sus libertades o que, si lo ha hecho, no ha tenido recompensa:
No trabaja por dinero, pero ha aprendido a obtenerlo por otros medios. No tiene una educación formal, ni un techo, ni amigos, las ciudad en que vive intenta acabar con él y con cualquiera que sea como él. Cada día, a cada hora, podría morir y nadie haría preguntas, nadie lo extrañaría; es un subproducto indeseable del desarrollo del ser humano… pero sigue vivo ¿Cómo diablos lo logró? ¿De dónde saca la fuerza?
¿Qué podría lograr alguien así de hábil, así de astuto, con semejante nivel de street smarts si tuviera, por ejemplo, conocimiento informático de alto nivel, o entrenamiento militar? ¿Se han preguntado de qué clase de hazañas son capaces los olvidados?
El planteamiento no es nuevo. Los genios siempre han salido de entre esas ligas; las personas que admiras llegaron a parecerte admirables sin tener una vida como la tuya. Tal vez porque no tuvieron una vida como la tuya se volvieron admirables: Goya, Van Gogh, Coltrane, Rimbaud, Céline, Cobain, Hemingway, Dostoyevski, Dunsany, Wagner, Nietzsche… punks todos, en su tiempo y a su modo.
El futurismo, al extender la brecha entre los hombres «de bien» (por llamarlos de algún modo) y los esclavos-autómatas, nos permite desarrollar cabalmente lo que pasa en medio: el punk. Además, nos presenta un mundo suspendido en el tiempo, una sociedad enferma que no muere ni mejora. El futuro no traerá nada bueno y el presente hace tiempo dejó de ser divertido, entonces ¿ahora qué?
De las mismas plumas dieron vida al cyberpunk vino el steampunk. Hubo un cambio de contexto, distintas circunstancias, pero es el mismo espíritu.
Supongamos que tenemos la tecnología y la naturaleza, lo mejor del pasado y del futuro, una energía limpia y un mundo lleno de maravillas por descubrir, continentes desconocidos, vanguardia cultural y social. ¿Qué pasaría entonces? ¿Dónde quedaría el punk?
La revolución industrial y la lucha de clases son las salidas fáciles, así que dejémoslas de lado.
¿Qué clase de hombres estarían dispuestos a abandonar esa utopía cargada de buenos presagios? ¿Por qué? ¿A quiénes estamos dispuestos a sacrificar por el bien común, por un bien mayor?
El steampunk, entonces, es punk en un mundo prístino, en que el sol ilumina los campos de trigo y los océanos ocultan infinitas maravillas por descubrir. Cada día aumenta la expectativa de vida, la tecnología hace que todo sea más fácil, nos deja más tiempo para pasear en carros tirados por caballos y tomar el té a la sombra del Big Ben. Si estuvieras ahí, ¿te dejarías convencer, o hay algo en ti que pesa más que la comodidad y la gratificación de los sentidos? ¿Es la rebeldía algo que llevas en el corazón, o sólo una forma de mendigar un mejor pasar?
La estética steampunk resulta encantadora, es verdad, pero no es el meollo del asunto. Si, como escritores, nos dejamos encantar por el steampunk-sin-punk, nos convertimos en lo que Moorcock llama «steam opera», todos vestidos de encaje y bebiendo té con galletas. En resumidas cuenta, una rebelión descafeinada y una vida de maniquís.
Es por eso el concepto de «revolución a vapor» está errado. Punk es no tener un lugar, ni necesitarlo, y una revolución no hace más que invertir el arriba y el abajo, pero quienes están abajo siguen teniendo un lugar, aunque sea un lugar menos cómodo.
¿Caeremos en la trampa? ¿Acaso nuestra supuesta lucha interior no es más que una forma de obtener mejores asientos en este circo?
Sería una lástima que así fuera. Una lástima para el género, además, aunque eso explicaría porque ha pasado tanto tiempo desde que este fuera capaz de redescubrir sus límites y dejar Londres de una puta vez por todas.
Si el cyberpunk explora el punk en una sociedad enferma y llena de conflictos, el steampunk explora el punk en un individuo enfermo y lleno de conflictos, puesto en un mundo maravilloso y lleno de alternativas.
¿Qué sería de nosotros en dicho mundo? ¿Estaríamos aún de pie, como estamos ahora, o no iríamos más por el bar de Fabián, y nos olvidaríamos de pelearnos los domingos en la cancha?

[i] Tomado del Tao The Ching de Lao Tse, verso XXXIII
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