Ciclo John Silence, Investigador Paranormal (Parte IV), por José Martín Bartolomé

Posted on may 16, 2014 | 2.561 comments

Ciclo John Silence, Investigador Paranormal (Parte IV), por José Martín Bartolomé
Puedes leer las partes anteriores de este ciclo aquí: 1, 2y 3

Entré en el dispensario con la cabeza gacha, arrastrando los pies y fingiendo que me costaba respirar; bueno, tampoco es que necesitase disimular mucho.

Una chica de bata blanca, pómulos altos y labios finos salió a recibirme, su rostro tenso por una súbita alarma. Supuse que mi aspecto era peor de lo que yo creía.
Sin perder tiempo en formularios o entrevistas, como habría ocurrido en la sanidad pública, me llevó hasta una camilla, me ayudó a sentarme y me preguntó qué me había ocurrido.
Le conté que había sido atacado por varios perros callejeros mientras dormía en el parque del Campo Grande, que había escapado a la carrera y que al hacerlo, caí al saltar la valla que limita el parque, golpeándome con fuerza en las costillas. La historia era más creíble que la verdad y ella, como cualquiera, había oído lo suficiente sobre las muertes de las prostitutas y la teoría policial de los perros —propagada por los medios de comunicación— para creérselo. Hablé además con acento tosco y vocabulario pueblerino, tratando de parecer un vagabundo sin formación. Y hasta tosí sangre un par de veces, por eso de cuidar los detalles y esas cosas.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó la chica mientras acercaba un carrito con el material necesario para las curas.
—Me llamo Isidro —dije—. Isidro Sánchez, hermana.
—No, no soy monja —«¡Qué bueno saberlo!», pensé, mirando la suave curva de su cuello—. Soy estudiante de medicina y trabajo aquí como voluntaria.
—Es usté buena gente, señorita.
—Quítese la camisa, Isidro.
Obedecí mientras ella se ponía los guantes y preparaba el material. Mi torso tenía más arañazos que el cabecero de la cama de una suite nupcial, y la sangre seca formaba costras que se mezclaban con la suciedad del contenedor. Ella me lavó con una esponja; su olor a leche de almendras inundó mis fosas nasales, limpiando de alguna manera todo el hedor a muerte que me llenaba antes. Resultó estimulante, debo reconocerlo.
—No parece un indigente —comentó en voz baja—; está usted muy bien.
Alzó la vista, repentinamente ruborizada, al darse cuenta de lo que había dicho, y yo le ofrecí mi mejor sonrisa de medio lado.
—Muy bien alimentado, quiero decir —se corrigió. Era preciosa cuando se sonrojaba.
—El trabajo del campo hace la carne prieta, señorita —dije yo—. He estao siempre de pastor y en la labranza, hasta que el amo vendió las tierras pa meterse a constructor y me tuve que venir a la ciudad, pero aquí no he tenío mucha suerte.
Mientras hablábamos de lo mal que estaba todo y otras obviedades, ella limpió mis heridas, abrió un armario metálico que había en la pared del fondo, sacando una jeringuilla y dos ampollas, con las que quiso anestesiarme, a lo que me negué alegando que sufría una alergia, y me puso algunas grapas en vivo. Aguanté el dolor con estoicismo y cagándome un poco en todo, aceptando ese dolor como un estímulo más, como una forma de despertar y prepararme para lo que tenía que hacer después. No podía permitirme que nada embotase mis sentidos.
—Es usté buena gente, señorita —le volví a decir mientras ella vendaba con fuerza mi torso apaleado—. ¿Cómo se llama? Quiero recordarla en mis oraciones.
Sonrió con dulzura. Era una monada, aunque algo meapilas. Supuse que rezarle un padrenuestro le parecía recompensa suficiente por su trabajo.
—Me llamo Rosario. Rosario Delgado.
Rosario. Nombre de iglesia, voluntariado de iglesia. Seguro que había ido a un colegio de monjas y que rezaba arrepentida después de masturbarse. Sería por el dolor y la adrenalina, pero me fue fácil imaginarla masturbándose.
—¿Ha comido algo, Isidro? —me preguntó al terminar de vendarme—. Puedo traerle algo del comedor
—Ayer comí a mediodía, señorita. Pero nunca por mucho pan fue mal año…
Sacudió la cabeza con pesar.
—Descanse un poco aquí, y no se preocupe. Me acercaré al comedor y seguro que encuentro algo para usted. Un bocadillo al menos.
—Gracias, señorita —tragué saliva con ostentación, como si la perspectiva de comer me emocionase—, no quiero molestar más…
—Tonterías. Estamos aquí para ayudar, Isidro. Descanse, que yo vuelvo enseguida.
Me ayudó a tumbarme en la camilla, sujetando mi nuca y mi pecho mientras lo hacía. Bajo la bata, unos pechos firmes rozaron mi torso, y un mechón de su pelo suelto acarició mi mejilla. Evité mirarla a los ojos.
Se marchó, dejándome solo en el pequeño dispensario. Conté hasta diez antes de levantarme, sacar mi navaja de la bota y forcé la puerta del armario de las medicinas. Cogí unas cuantas ampollas del anestésico, un par de jeringuillas y unas cajas de Adderall, un medicamento que se utiliza para combatir la narcolepsia y como antidepresivo. Contenía anfetaminas suficientes como para mantenerme en pie lo que quedaba de noche, hasta que terminase mi trabajo.
A esa hora, aún madrugada prendida en el anzuelo del amanecer, no había nadie por la calle, ni más sonidos que la reverberación lejana de ciertas campanas, de ciertas tumbas, sonoras como ladridos sin perro que crece bajo el rocío prometido de un mañana que muchos no veremos.
Ella no vería ese amanecer, ni escucharía otro sonido que el de mi voz. Era lo necesario, sino lo justo.
Tragué unas cuantas píldoras de Adderall, empujándolas con un sorbo de agua en una fuente pública y seguí caminando, entre calles que destacaban en grafito y cuero repujado a medida que la droga iba acentuando mis sentidos.
Llegué a la esquina entre Gallegos y Libertad sin apenas jadear, ignorando la quemazón de mis costillas vapuleadas y el dolor de las grapas que se esforzaban en mantener unida mi carne. No era para tanto.
Por mucho que doliese, me dije recordando los dorados ojos de la licántropo, peor le iba a ir a la chica del bar.
Entré en el portal.
***
 
Por el temor de quererme
tanto como yo te quiero,
has preferido, primero,
para salvarte, perderme.
Pero está mudo e inerme
tu corazón, de tal suerte
que si no me dejas verte 
es por no ver en la mía 
la imagen de tu agonía: 
porque mi muerte es tu muerte.
—Xavier Villaurrutia
Me detuve un par de minutos en el portal, llenando las jeringuillas con el contenido de las ampollas de anestésico. Mis manos temblaban, torpes como un cerdo patinando sobre hielo, pero un par de respiraciones profundas y unas pocas pastillas más fueron suficientes para centrarme en lo que tenía que hacer.
Subí las escaleras despacio, intentando no hacer ruido, zambulléndome a cada paso en el dolor dormido de mis costillas. La anfetamina hacía su efecto, y pese a la boca temblorosa, la sensación de ahogo y la rabia, me sentía fuerte y centrado.
Me detuve ante la puerta de la casa, conteniendo mis ganas de derribarla de una patada y entrar como un vendaval. Por lo que sabía, era muy posible que la chica del bar estuviese tras la puerta, armada y esperándome. Mi revolver había quedado allí, listo y cargado. Aunque ella no supiese nada de armas de fuego, un disparo con una .38 especial a corta distancia no necesita de puntería para reventar a cualquiera.
Escuché, la oreja pegada a la madera de la puerta, durante un par de minutos. Nada. Era de suponer que mi presa estuviese despierta, esperando el regreso de la criatura, pero ningún sonido salía de la casa. Imaginé que ella estaría en la habitación del fondo, tal vez asomada a la ventana por la que yo había huido.
¿Me habría visto llegar desde esa ventana? ¿Estaba yo tan despistado, tan drogado como para no haberme dado cuenta si así era?
Decidí pasar a la visión de segundo plano.
***
Ver en el segundo plano es algo lleno de ventajas, aunque no todo el mundo puede hacerlo. Yo aprendí tras mi resurrección, como aprendí muchas otras cosas sobre la realidad, de mano de mi mentor, aunque no necesariamente amigo, un alemán llamado Eiszeit. Es algo que todos los despiertos y preternaturales pueden hacer, y también ciertos animales, como los gatos.
En ocasiones un humano normal puede asomarse a esa visión, por alguna alteración emocional o la presencia de algún preternatural. Son esas ocasiones en que creéis ver una sombra justo en la periferia de vuestra visión, en que sentís un escalofrío inexplicable y una luz parece pestañear, titilando sin motivo. Son esas ocasiones en que creéis que nada extraño ocurre, y sin embargo las manos frías de otra realidad han rozado por un momento vuestra piel. Nada serio, a no ser que quieran algo de vosotros.
Al mirar en el segundo plano, las luces parecen acentuarse, y todo se cubre de una neblina brillante, molesta, pero las energías del otro lado quedan más claras, las auras se hacen visibles y el espectro se amplía enormemente.
Busqué en esa visión el aura de mi enemiga, tratando de localizarla, de situar su energía vital en la casa, hasta que me dolieron los ojos y empecé a marearme. No hubo resultados, más allá de un aura brillante, del color púrpura de las emociones fuertes —rabia, pasión, qué sé yo— que salía de la casa por cada rendija, sin que pudiera establecer un foco.
No había mucha más solución que entrar y arriesgarse. Así que saqué la navaja y forcé la puerta tan silenciosamente como pude. Después me quité las botas, cerré la puerta a mi espalda y las dejé en el suelo.
La casa era un muro de silencio difícil de franquear, una oscuridad que latía en auras solapadas, imposibles de interpretar. Avancé por el pasillo, con la navaja en la mano derecha y una jeringuilla en la izquierda. A los pocos pasos, mis pies chocaron con un bulto informe, que resultó ser mi camisa y mi chaqueta. Me agaché, recogí mi revolver, aún envuelto en la ropa, y seguí hacia la habitación llevando el arma en una mano, la navaja en la otra y la jeringuilla entre los dientes. Un hilo de baba escurría por la comisura de mis labios, y mi mandíbula temblaba como la de un velociraptor comiendo guindillas, pero mis manos no temblaban demasiado.
Al llegar al final del pasillo vi a la mujer del bar. Estaba tumbada en la cama, quieta como un cadáver, inerte como un cadáver. Tan muerta como un cadáver.
Lo supe al primer vistazo, porque la visión en el segundo plano permite ver las auras y no había ninguna en torno a ella. Los cuerpos muertos son, en ese sentido, objetos inertes, como muebles o piedras, que no revelan nada más que el vacío del que ya forman parte. Bajé la persiana, impidiendo el paso de la luz de la luna, y encendí la lámpara del techo.
Yacía sobre el colchón retorcida, amoratada y seca, aún desnuda, perdido todo su atractivo en un rictus forzado, toda ella ojos abiertos y manos crispadas.
—¿Qué has hecho, maldita mora? ¿Con quién me vengo yo ahora? —murmuré sin pensar ni darme cuenta de la referencia.
Guardé jeringuilla, navaja y revolver y fui hasta la cocina. Me puse unos guantes de fregar que me quedaban pequeños y regresé al dormitorio.
Un rápido examen parecía indicar que no había heridas ni traumatismos causantes de la muerte. Piel azulada, boca abierta, hilos de saliva ya casi seca, todo indicaba que había muerto asfixiada, pero no había señales de estrangulamiento. Miré con atención sus labios y la piel alrededor, por si se notaba la presión de una mano o una almohada, pero tampoco había nada allí. Ni en el segundo plano ni en la visión normal.
Era como si se hubiese ahogado por algo que se tragó. Por algo atascado en su garganta. Estuve a punto de rajar su cuello y buscar en el interior, pero resultaba demasiado casual, demasiado raro, que ambas hubiesen muerto de la misma manera, casi al mismo tiempo. Había una explicación más irracional, más mágica y, por tanto, más probable.
El registro de la casa me llevó un buen rato, o al menos así me lo pareció, aunque las drogas deformaban mi percepción del tiempo. Tras un falso fondo del armario había una pequeña estantería, con algunos botes que contenían plantas secas, objetos varios y, lo que a mí me interesaba, un pequeño altar de bruja en el que una raíz de mandrágora, con su curiosa forma humanoide, yacía sobre un pañuelo de seda en el que había bordados varios símbolos cabalísticos. La planta estaba rodeada de hojas y flores varias, de ampollas de sangre que supuse pertenecía a las víctimas, y con varios mechones de pelo —humano y de lobo— atados a ella.
La raíz estaba rota, desgarrada por la mitad. El vínculo entre ambas mujeres, mucho más poderoso de lo que yo había supuesto, se había prolongado hasta más allá de la muerte de una de ellas, y el hechizo de ligazón que aquel altar representaba provocó la muerte de la chica del bar cuando yo acabé con la mujer lobo.
Para la chica del bar habría sido una buena forma de prolongar su propia vida más allá de lo natural, protegida y ligada a la inmortal fuerza de la licántropo. Hasta que llegué yo, claro.
Me pregunté por un momento que habría pensado don Ramón de aquel retablo de avaricia, lujuria y muerte, y después busqué una bolsa para llevarme todo aquello. Algunas cosas podrían serme útiles en el futuro, y el resto, empezando por el altar de bruja, debía ser destruido.
Limpié todos los lugares donde pudiera haber dejado huellas, incluyendo el cuerpo de la mujer, que lavé con lejía en la bañera y dejé allí, sumergido como si se hubiera ahogado, aunque sabía que no iba a engañar a ningún forense competente, y abandoné la casa llevándome todo lo que había dejado en mi primera visita, además de lo que las brujas guardaban en su estante.
Aún desorientado por el dolor, las drogas que ensuciaban mi sangre y la falta de sueño, dejé atrás la calle con mi mochila llena de objetos raros y respuestas aún más extrañas.
Había solucionado el caso, había acabado con  la mujer lobo y, de paso, con la bruja. Las Gretel de Valladolid ya podían caminar tranquilas, y doña María podría tal vez olvidar su rabia y vivir una pena más tranquila, más humana.
Sin embargo, para la chica del bar y la licántropo la historia había acabado. Su historia de amor, de lujuria, de búsqueda egoísta de la eternidad, de lo que fuese, se terminaba allí, ahogada en plata y rabia.
No podía acusarlas por buscar la inmortalidad, aún en la forma monstruosa en que lo habían hecho; no podía juzgar el deseo de permanencia de aquellas criaturas, pues es un deseo humano el de vivir, el de prevalecer, algo que todos alentamos en nuestro interior, que forma parte de nuestra naturaleza como forma parte de la naturaleza del lobo el éxtasis de la caza. La diferencia es que ellas habían encontrado la manera de hacerlo.
Y que esa manera exigía la sangre de otros.
Pensé entonces, mientras recorría las calles abandonadas por la luna que el sol empezaba a pintar de colores, que quería que mi mundo volviese a ser el de los barrenderos perezosos y los currantes madrugadores que me cruzaba a aquellas horas tempranas. El de los camareros que abren pronto, sin más magia que la pócima oscura de un café recién hecho. No más brujas por ahora, gracias.
Mientras entraba en mi pensión y pedía en la barra un café con churros, me permití una sonrisa: el caso estaba cerrado.
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