“No es lugar para elfos”, por Andrés Dehnhardt

Posted on may 19, 2014 | 2.468 comments

“No es lugar para elfos”, por Andrés Dehnhardt

Methiniel miraba un trillado programa de concursos sin prestarle la más mínima atención. Estaba embotada de mala cerveza y peor comida cuyos restos repartía sobre la pegajosa alfombra. El aire de la habitación era rancio, y ella estaba aún peor.

Escuchó un golpeteo rítmico subiendo por la escalera, seguido por el tintineo de un llavero y el sonido de la puerta destrabándose para dejar entrar a Ainion, que vestía su viejo traje de caza y traía un arco élfico colgado al hombro.

—Hola, cariño —dijo ella sin mirarlo.

El elfo gruño y se deslizó hacia el sillón. Tomó el control remoto y apagó la televisión.

—¿Mal día, supongo? —insistió.

—El mismo de siempre —rezongó con su perfecta voz de barítono. Se sacó la capucha y en la penumbra destellaron sus cabellos dorados.

—Qué pena por ti —dijo su compañera, vestida apenas con una camiseta blanca y ropa interior. Cual felino se estiró a lo largo del sillón, desperezándose.

El elfo caminó hacia la cocina y sacó algo del refrigerador, lo colocó en el microondas y lo dejó cocinando mientras colgaba arco y carcaj en un rincón oscuro. Salió luego al balcón y se quedó ahí, pálido y más frío que la misma luna que alumbraba la ciudad.

—Aquí está tu comida —murmuró su compañera a la espalda.

Gracias —dijo, recibiendo descuidado el plato que se le ofrecía—. No has salido en todo el día.

—¿Para qué? No hay nada afuera para mi —respondió ella, regresado al sillón.

—Hay trabajo.

—Claro, trabajo como el tuyo.

—Ser vendedor es tan digno como cualquier otra cosa. ¡Al menos hago algo para que sigamos viviendo!

—¿A esto le llamas vida? —dijo ella, girándose a apuntar con una mano a los edificios tras el cansado Ainion— ¡Bloques de cemento y vidrio pegados unos con otros, llenos de humanos! Permíteme reír.

—Te ha crecido panza —apuntó él, torciendo la boca con desprecio.

—Si. ¿Me encuentras menos atractiva, querido? Quizás un humano me apreciaría más… me cogería del culo y me haría lo que me gusta, en vez de esos cariñitos que ni siquiera me haces ya.

—¿Cómo te perdiste? ¿Cuando…?

—¡Cuando aceptamos quedarnos entre los humanos y no irnos de vuelta! ¡Tú y yo nos equivocamos, ya está! Ahora a vivir hasta que muramos en esta inmundicia de mundo que tenemos.

—Yo al menos intento que…

—¿Qué? —explotó la elfa—. ¿Ser un guía, una luz, una inspiración para las nuevas generaciones? ¿Una sombra de las antiguas costumbres? ¿Qué no tienes dignidad? ¡Somos un mito, Ainion! ¡Una fantasía mal llevada!

«Suficiente», se dijo Ainion en un grito silencioso y entró al mal tenido departamento. Había sido lo mismo cada día de cada mes de cada año durante los últimos siglos y ya no podía soportarlo más. Ella se fue caminando a paso rápido hacia la habitación y él, cogiendo arco y carcaj, fue tras ella. Esconder el cadáver sería un trabajo doloroso y los antiguos dioses saben cuanto habría de llorarla, pero era lo mejor.

En realidad, cualquier cosa hubiera sido mejor que una vida casi infinita enterrada en quejas.

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