“El rol de la Fantasía urbana”, por Gerardo Sanhueza B.

Posted on may 30, 2014 | 3.804 comments

“El rol de la Fantasía urbana”, por Gerardo Sanhueza B.
¿Han notado como los distintos géneros literarios parecieran tener asociados momentos específicos de la historia?En un repaso rápido la cosa iría más o menos así: hasta la Gran Depresión la es la época del esplendor del realismo más tradicional, pero tras las Guerras Mundiales emerge su versión «sucia». Poco años después Capote y cía. inventarían eso de la novela periodística, mientras que a su lado va surgiendo con cada vez más fuerza la literatura de «género» (Fantasía, ciencia-ficción y horror). Y mientras que la ciencia-ficción tiene el dominio innegable sobre el futuro y sus encantos, el horror se contenta con aparecer en cualquier época, siempre y cuando sea posible despertar los instintos más primitivos de la Humanidad.¿Y la Fantasía? Pareciera ser que nunca ha salido del Medioevo.

Sí, sí, no vamos a pelear este punto: todos sabemos que hay mil excepciones, pero claramente hay un momento histórico que prima en cada género. De Dunsany a Martin, pareciera que la Edad Media es el período histórico preferido para el desarrollo de mundos fantásticos.

Claro que sería fácil culpar de esto al cliché, a la tradición o a la flojera de los autores —o a un gusto estético incluso, si no queremos comprometer demasiado nuestras opiniones— pero creo que el tema pasa más por el lograr un escenario cómodo para el desarrollo de la historia que se quiera contar. Así de simple.

En este sentido estoy hablando de buscar la forma de que el escenario, el momento histórico (aunque sea uno ficticio dentro de un mundo ficticio), ayude a que la historia se cuente de mejor manera; no necesariamente de una manera más fácil, pero sí mejor. Así, el Medioevo nos sirve de maravilla al presentarnos un contraste entre un orden social y religioso no sujeto a discusión, una barrera sin grises entre el bien y el mal y, por sobre todo, un mundo caótico fuera de los muros de sus castillo, desde donde vendrán todas las maravillas que puedas imaginar.

Los señores del Caos son
los enemigos de lo Lógico
los juglares de la Verdad,
los escultores de la Belleza
—Michael Moorcock, El caballero de las espadas

Podemos decir, entonces, que resulta útil al propósito del Fantasista el tener un mundo quebrado y supersticioso (incluyo aquí toda forma de ritual religioso dentro de la superstición) para contar sus historias, con la arraigada noción de un «nosotros» y un «ellos». Un mundo grande y peligroso el que, sin embargo, es posible recorrer a lomo de burro. Un mundo, en definitiva, donde hay mucho que ver y pocas explicaciones del porqué de las cosas.

Las deidades, además, ya no intervenían durante la Edad Media de un modo tan directo como en tiempos anteriores, habiéndose visto reducidas por la Iglesia a débiles manifestaciones a través de vestigios, objetos de poder, magia, visiones y demás maravillas, puestas todas al servicio del noble y del sabio, por supuesto.

Ahora, es obvio que en un contexto urbano moderno (asumiremos para efectos de esta columna que ambas cosas, urbano y moderno, son inseparables) la cosa es distinta. El mundo se llena de criaturas que no resultan tan fáciles de impresionar ni valoran el asombro tanto como sus predecesoras, y lo mágico se vuelve menos llamativo, demasiado caro incluso. En nuestros tiempos el honor está extinto, la gloria, la lealtad, incluso los modales se han derrumbado, y la Fantasía está llena de todo eso; sus códigos apestan a etiqueta caballeresca, así que se hace necesario reinventarlos antes de darles cabida en este «nuevo mundo fantástico», por así decirlo.

En este sentido la actualización de los conceptos —e incluso de los clichés de la Fantasía tradicional— que le aportan la modernidad le dan a la Fantasía urbana (FU) su sabor más distintivo, ese permiso que nos damos de pensar que si las ninfas hubiesen sobrevivido hasta nuestros tiempos habrían tenido que ver caer sus bosques y largarse a la ciudad. ¿Cuál es el primer trabajo en el que podemos pensar para ellas, ignorantes de nuestras maneras y de la tecnología que (nos) domina(mos)? Prostituta, stripper o celestina… y en ningún caso orgullosa de sí misma.

Hoy pensamos de inmediato que la princesa en la torre debe ser tonta como una puerta, que los caballeros de largos rizos dorados estarán más interesados en otros caballeros de largos rizos dorados que en salvarla, que todos los magos fumando en sus torres tienen cáncer y huelen mal, y que al Rey le ponen los cuernos con el mozo de cuadra: tenemos el chisme y la acidez metida en la médula, así que estas nobles figuras no van más.

Los roles en la Fantasía medieval, construidos sobre y junto a los roles sociales medievales históricos, no son más que ilusiones construidas sobre ilusiones, producto de un esfuerzo por ordenar el mundo que ya no usamos más, y es por ello que ya no sentimos respeto alguno por ellas. Puede que nostalgia, pero respeto no.

No tenemos respeto por ninguna de esas cosas que antes parecían tan importantes, y nos da lo mismo que se queme el bosque de los ancestros (aunque hagamos uno que otro berrinche), que se nos sequen los lagos sagrados, que Saruman lean nuestros e-mails. ¿Qué más da, si de todos modos no los usamos para nada importante? No hay héroes porque tampoco hay grandes enemigos, y no hay grandes enemigos porque el premio tampoco es la gran cosa; si quieres tener poder es cosas de que te armes un camino, juntes algo de suerte y vayas a conseguirlo. Nadie te mirará feo y puede que hasta te ganes un par de fondos concursables. Piensa que hasta los buenos de la historia saben que una princesita insípida no merece una cruzada, y que las mujeres hechas y derechas pueden cargar sus pistolas y salir a buscarse la vida cuando se les dé la gana.

Hoy tenemos otras cosas, pero no respeto, ni capacidad de asombro, ni interés en el mundo (ni para salvarlo ni para destruirlo). Lo que sí tenemos, en cambio, es miedo; tenemos una profunda cobardía construida sobre las piedras de un rebuscado sentido de la moralidad; tenemos cuerpos débiles y mentes llenas de truquillos que no dudamos en usar para confundirnos unos a otros para justificarnos, dar explicaciones y pedir disculpas.

Tenemos las manos limpias y los culos blandos, tenemos trabajos de 9 a 6 y una noche a la semana en que nos juntamos en grupos a decirnos lo bien que estamos y emborracharnos hasta que empecemos a creerlo. Tenemos televisión y despertadores, horarios y una rutina en apariencia tan rígida que ni un follón fuera de agenda logra emocionarnos más de la cuenta: orden, información, la ilusión de participación.

Riámonos todo el día de la princesa atrapada en la torre, pero a ella la detiene un dragón que escupe fuego, no un jefe calvo que sólo escupe, y cuando el príncipe llega en su noble corcel, ella no le decía que mejor el fin de semana ni le daba vergüenza estar mal depilada. La ninfa, por su parte, se metía al agua aunque estuviera fría y hasta el príncipe más amanerado era capaz de dejar la seguridad del castillo y salir, espada en mano, a cazar la aventura sin que el miedo a que le robaran el caballo lo hiciera desistir.

Todos morimos. El objetivo no es vivir por siempre, el objetivo es crear algo que lo haga.
―Chuck Palahniuk, Diary

Pareciera que los polos aquí son, primero, el lugar que ocupa en el mundo un personaje específico y, segundo, su disposición a la aventura.

Ambas variables tiene un valor tanto en la Fantasía medieval como en el entorno urbano (que aún no se vuelve fantástico) y es en una conjugación hábil de ambas variables que radica, en mi opinión, la génesis de todo personaje de FU bien logrado, pero seamos más específicos.

Un lugar en el mundo: Se refiere a cualquier evento que una al personaje a las circunstancias presentes mundo y puede ser desde el que nació con una marca o un destino (por ir a lo más clásico), o que se trate del tipo «enfermo» que el sistema necesita para mantenerse «sano», el perfecto inadaptado o un lowlife sin nada que perder. En definitiva, cualquier peculiaridad de carácter que entregue al personaje un espacio físico y emocional (no necesariamente positivo ni agradable) dentro del escenario planteado.

Disposición a la aventura: Mientras más modernos sean nuestros personajes, más tendrá esto que ver con una sumisión a las circunstancias, a un dejarse llevar y un desprecio por el orden establecido. Si queremos que darle un aire más clásico, vamos a lo opuesto y que lo impulse el sentido del deber («deberse a»), la lealtad o el amor a lo establecido (o algo específico dentro del orden establecido, el grupo familiar, la amistad, lo que sea).

Sería interesante una Fantasía desarrollada por y para lo urbano, pero no me ha tocado verlo hasta ahora ni tengo nociones de cómo podría hacerse, así que quedémonos en hablar de la actualización de conceptos y este intercambio de cualidades del que venimos hablando.

De qué forma irrumpen los elementos fantásticos en el contexto moderno no es asunto de esta columna, primero, porque Felipe lo dejo ya bien explicado en este ensayo, así que nos saltaremos ese punto e iremos directo al telón de fondo que toda FU debe tener en mi opinión.

Y es un punto importante eso del telón, lo que ocurre en segundo plano; porque la ciudad es un personaje en sí mismo y no nos engañemos con eso de que por llamarla Santiago, Valdivia, Guanajuato o Madrid estaremos hablando realmente de Santiago, Valdivia, Guanajuato o Madrid . Puede que usemos los mismos mapas, los mismos tiempos en que vivimos y los mismos códigos incluso, pero no será la misma ciudad.

Volvemos entonces al inicio, tal vez una de las razones importantes de porqué los primeros Fantasistas se fueron a tiempos muy anteriores y tierras muy lejanas: si hoy, en nuestras ciudades, en el mundo en que vivimos hubiera hechiceros y objetos mágicos y criaturas sobrenaturales, ¿dónde estarían?

Apostaría un brazo y una pierna (no los míos, desde luego) a que todos nos fuimos, intentando responder a esa pregunta, más o menos a los mismos antros, con distintos nombres pero unidos por algo común: la noche —la bohemia—, elemento importante aquí, además de algunas catedrales abandonadas, para darle un toque decadente y qué sé yo.

Está bien —no digo que no lo esté— pero es la salida fácil y carece prácticamente de actualización de conceptos. Lo que estamos haciendo aquí es tomar la misma magia, los mismos roles, y los escondemos en los rincones a los que normalmente no llega la vista. Insisto: está bien si vamos a empezar por ahí, pero la FU no tiene porqué estar atrapada en las esquinas más oscuras de la ciudad; por el contrario, podemos sacarla al sol, extenderla y que impregne la ciudad como el olor a cigarrillo impregna mis camisas.

Lo que intento decir aquí es que la FU es más que una mera elección estética a la hora de repetir las mismas fórmulas que venimos repitiendo en la Fantasía desde el 1900 (y antes incluso). La Fantasía urbana en su mejor versión es una forma de repensar el mundo en que vivimos, de actualizar nuestro propio imaginario y apartarnos de la pusilanimidad de pensar que todas las grandes historias ya ocurrieron y que nada nuevo queda bajo el sol. La FU tiene el potencial de llenar el mundo una vez más de conceptos y misterios, de recordarnos que hay algo ahí afuera más allá de lo que creemos saber y que vale la pena mirar. En resumen, que no es tan cierto eso de que los tiempos que corren son enemigos de la imaginación ni nada por el estilo.

Y no es verdad que no haya personajes interesantes ni grandes historias que contar; lo que no hay es ganas de buscarlas. Lo que hace falta es recorrer la ciudad y vaciar en ella lo que llevamos dentro, porque para conocer una cultura hay que comer lo que ella come, rezar lo que ella reza y emborracharse como ella se emborracha, por lo que la pregunta que queda es: ¿qué rezamos hoy en día?

La religión es, en el mundo que vivimos, algo menos que un destino turístico o una vitrina más como la de cualquier tienda, así que cuando hablo de rezar me refiero a donde está lo que para nosotros es sagrado, lo importante. Estoy hablando de encontrar donde está el imaginario de nuestra propia cultura.

¿Qué espacios ha encontrado la imaginación, tal vez sin que nos hayamos dado cuenta siquiera, para salir a estirar las piernas? ¿Dónde se tienden a descansar los conceptos, las representaciones y todos esos intangibles que sacamos de la vida y no ponemos en el banco? Donde sea, pero vamos a verlo; y si es el cliché más cliché con orcos taxistas y hadas strippers da igual. Vayamos, empecemos desde ahí y veamos hasta donde nos lleva.

Estoy convencido de que el pensamiento mágico que tanto abundaba en los tiempos antiguos (y que tan útil demostró ser en cuanto al arte en todas sus formas), junto con la religiosidad, el misticismo, la superstición y la mitología no estaban en las piedras ni en el pasto. Creo que no eran cosa del tiempo ni las trajeron los inmigrantes, sino que estaba dentro de los hombres que estuvieron ahí.

Estoy convencido de que no es cierto que el mundo de antes estuviera lleno de significado, sino que fueron quienes vivieron en él los que estaban dispuestos a significar… Y atentos, por lo demás. Porque eran curiosos y no creo que sean esas cualidades que hayamos perdido, sólo que las hemos ordenado y encajonado de una forma tan efectiva que ya no nos damos cuenta de que están ahí.

Bueno, la apuesta aquí es para sacar la imaginación del cajón y tirarla por la ventana. Por juntar todo lo que encontremos en desuso en nuestro imaginario —en nuestra creatividad y en nuestro ingenio— y dejar que se derrame por las calles. Y que así las avenidas se llenen de dioses y que los edificios estén rebosantes de guardianes; que reviente la magia en la ciudad y que no podamos encontrar una sola banca en la que no se haya detenido Ulises a limpiarse la mierda de las chalas.

La cosa es ahora, no después; hoy es el mejor momento y lo digo en serio, porque los medicamentos contra la esquizofrenia nunca antes estuvieron tan baratos.

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